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Ahora estoy escuchando a Feist, de modo que la tranqulidad y la excitación se confunden en una sola bruma rojiza sobre la que consigo flotar sin mayores dificultades.

Feist – Inside And Out

Por otra parte, quiero saber:

Si me vieras sentado en forma de “n” cursiva en el balcón de mi apartamento de Madrid, ¿pensarías que soy interesante? ¿descubrirías que la suerte te está brindando una oportunidad irrepetible de quitarme las gafas y tirar al contenedor de los plásticos La teoría de los sentimientos morales? Porque, te advierto desde ya, no pienso volver a practicar la misma postura sugestiva.

Quizás aquí se encuentren pedazos de la respuesta maltratada:

Nuestra capacidad para ser felices es directamente proporcional a nuestro potencial para ser queridos. Y es eso a lo que la naturaleza, que busca que el ciclo vida-muerte no pare mientras halle materia a la cual desposeer de anhelos, nos obliga desde que vemos la primera luz. El arte, la prepotencia, la compasión, la lucha, la entrega y la burla son sólo algunos de los caminos que nos garantizan una posición aventajada en el jardín de estatuas prestas a ser movilizadas con emociones tiernas que nos tocó por único paraje.

¡Cuántas subordinadas, por el amor de Dios!

Señores oyentes, adéntrense en la realización de un ejercicio mental. Piensen en un ser humano; puede ser cualquiera siempre y cuando conserven un recuerdo nítido de sus rasgos definitorios. ¿Lo han hecho ya? Bien: ahora, con ayuda de su frondosa imaginación, quiero que se proyecten ustedes y sus acompañantes imaginarios hacia un espacio virgen, de incomparable belleza. ¿Lo tienen?

Sigamos, entonces. No se apresuren, estimados oyentes. Es probable que nunca consigan entender mi luminoso intelecto, pero yo sabré disculpar. ¿Dónde estábamos?

El papel y la tinta son como dos amantes. El uno es continente, el otro, accidente. Yo ya no escribo en la computadora, se me hace cada vez más difícil; últimamente la espalda me está pasando factura, las vertebras asumen y emiten sus quejidos ante mis irrefrenables ganas de agarrar el mundo con firmeza. Y, claro, eso colisiona con los portátiles, las camas y las paredes, elementos altamente nocivos para la salud lumbar.

Deseo que hayan alcanzado un satisfactorio grado de consecución creativa antes de proseguir con nuestra actividad lúdico-ilustrativa. Ahora es momento de que añadan a la ecuación una nueva variable: el tiempo. Dado que es imposible que construyamos cualquier tipo de escenario prolongado hacia la eternidad, hemos de conformarnos con la máxima extensión concebible. Obviamente, este es un apartado eminentemente personal, por lo cual no me atreveré a brindarles un número que pueda convencerlos a todos ustedes, miembros de la honorabilísima audiencia que aquí se reúne.

En Tokyo la gente se adaptaba sin rechistar a mi metodología, ¿vio? Y en Hanoi, tres cuartos de lo mismo. Pero aquí los cauces del lenguaje no se hicieron con piedras, amigo mío, sino que parecen estar levantados a base de terciopelo o de dambula. Qué desagradable es la incomprensión, qué ingrata. ¡Mire la de personajillos que se están levantando de sus asientos! ¡Si es que parece mentira!

¿Cuántos quedan ahora? Deje, deje quieto que me voy a poner de pie. ¿El martillo lo tiene a mano? Rómpales los tímpanos, haga el favor. Basura, sus neuronas son ratas y su cabeza una biosfera podrida.

Entonces, el orador comenzó a despojarse de sus ropas: la corbata voló y se quedó enganchada al ventilador cubierto de rubíes malayos que presidía el techo de aquella sala de reuniones; los pantalones, la camisa gris, el saco azul oscuro y los zapatos comprados en Milán se endurecieron en un montón que por su altura logró empequeñecer la figura del señor que minutos atrás había sabido vestir esas prendas con una dignidad inigualable. Yo, mientras tanto, me desconecté del MP3 y, siguiendo el ejemplo de aquellos que me rodeaban, me aparté de mi silla. No obstante, la imitación no fue completa, ya que antes de unirme al séquito de almas prófugas, frené en seco y observé al intelectual. Marsilio Petrarca. Pensé en las docenas de sonetos que había escrito para llegar a ese sitial de privilegio que las autoridades artísticas del momento le habían confiado y no pude reprimir el bostezo. El hombre permanecía ofuscado en su desnudez. Se había aquietado. Por un segundo creí que realizaría el esfuerzo de retomar su coloquio, pero la realidad me abofeteó horrorosamente cuando el robot de Petrarca se apagó, se colocó en cuatro patas y se enchufó a la corriente eléctrica del edificio.

Mis interrogantes se estrellaron contra Babel, contra la duda de existir.


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2 Comentarios

  1. Si me vieras apoyado en el alféizar de la ventana de mi habitáculo, colgado de una guitarra mientras espero a que amaine el viento que desordena mis apuntes, ¿pensarías que soy interesante? Lo que sea, piénsalo deprisa, que la postura es incómoda.

    (lo de abajo queda mejor en referencia a una mujer, no a ti, pero bueno, internet es libre así que aprovecho)

    Si me vieras vestido de Rey Hada, colgajos de hojarasca rascando el pecho, ¿te extrañaría verme actuando? Si sabes que tengo tengo tanta experiencia que hace años que perdí el miedo escénico y sólo me queda ese bloqueo al improvisar en el cara a cara. Si sabes que cuando te hablo y te miro cuando tú apartas los ojos, y bajo la mirada hasta tu escote y hasta la nada; tú actúas como si no te dieras cuenta y yo te sigo la corriente aunque eso no lo incluya el guión. Sabes que en presencia de ese viejo profesor actuaré como si le respetara y al salir de clase como si no tuviera respeto por nada, y que tú actuarás como si ese maquillaje hubiera aparecido en tu cara por casualidad y dirás que apenas te has arreglado, y yo que hace sólo dos horas que me he levantado y ninguno de los dos mentirá, porque los actores no mienten y porque toda esta dramaturgia no deja de ser una vida tan real como ese acojone que sentimos cuando estamos en el camerino eligiendo la ropa y repasando el monólogo con el que distraerte para lanzar esa mirada furtiva a tus pechos mientras tú miras a las estrellas intentando buscar esa constelación que me acabo de inventar. No esperarías que memorizara todo ese papel de astrónomo amateur al que recurro tan a menudo.

    Por cierto, me encanta que escribas “saco” en lugar de “chaqueta”, me ayuda a recordar tu montevideana procedencia. Y aprovecho para preguntarte: ¿has leído algo de Erving Goffman?

  2. Internet es muy libre. Y nos distrae, vuelve añicos nuestra capacidad de concentración. Me asusta pensarlo de ese modo, me aterra comprobar que por cada hipervínculo que pincho estoy cerrando varias ventanas cognitivas.

    No he leído absolutamente nada de él, ni tampoco conocía su identidad. Sin embargo, visto lo visto en Wikipedia y considerando su encumbrada altura en el mundo de las humanidades, te prometo que antes de que acabe el año me acercaré a su pensamiento.

    Saludos.

    P.D. Hablando de “saco” y otros residuos de mi montevideanidad, hago dos recomendaciones: 1)el programa radial de Buscaglia, que ocupará su lugar en antena a partir de este lunes a las 22 horas hora peninsular española en http://www.urbana.com.uy (clickear “on air” y voilá!) y 2)la película muda Hiroshima, obra de Stoll, el mismo que codirigió junto a Rebella (quien posteriormente se suicidaría) Whisky. Está disponible en Filmin e inevitablemente recuerda a Hierro 3. Su banda sonora sacude; ¿quién diría que en Uruguay, donde casi todo llega con veinte años de retraso, el post-rock causaría semejantes estragos nada más iniciado el siglo XXI?


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