Tengo derecho a decirlo: yo era un poeta. Hacía todo lo que uno debería hacer: inventarse versos, recrear su imaginación en lo cotidiano, refinar su expresión, unir dos palabras de forma inesperada —dos palabras inesperadamente juntas—, recitar octosílabos a su amante al tiempo que se abrocha el último botón del pantalón, brindar una cantinela romántica a su esposa, y andar por esta triste vida con el corazón fresco, siempre. Si la memoria no me falla, yo cumplía con cada uno de esos ritos y me enorgullecía de mi disciplina. No escribía para que los críticos me elevasen en sus altares personales o para que, una vez muerto y enterrado, me enseñaran en las escuelas; no, nada de eso. Debo reconocer que en un principio, cuando nadie me pedía una justificación de mi pasatiempo, no me paraba a pensar en los motivos que se ocultaban detrás de él; si acaso, y eran ocasiones muy puntuales, una declaración que nunca llegaría a destino o la ineludible cura de un amor no correspondido servían de acicate para agarrar el lápiz. El resto de mis poemas nacían de una necesidad más básica, aunque no por ello menos importante: llenar el tiempo de la mejor manera.
Hubo un momento, hubo una temporada, durante la cual dejé de sentir ese vacío que me empujaba a componer. Esa vuelta no ocurrió ni de la noche a la mañana ni tampoco requirió de un tortuoso proceso de madurez. Lo que vi describía círculos de la mañana a la noche y, contrariamente a toda lógica, me devolvía a los recovecos ya olvidados de mi infancia: me transformé en cantante.
Sin lugar a dudas, mi condición de hombre de letras facilitó esa metamorfosis. Todo lo que ocurrió tras pegar este salto sin paracaídas fue muy trascendente; tanto como para convertirme en narrador.
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Una tarde de invierno, Julio vino a verme a mi apartamento del centro, ubicado sobre la calle Colonia esquina Avenida del Libertador. Mi mujer, que por aquel entonces preparaba un ensayo que más tarde aparecería en una voluminosa antología de poetas uruguayos nacidos tras el regreso de la democracia allá por 1985, dejó pasar al invitado mostrando cierta irritación por su llegada. Había caído de sorpresa. A pesar de que Julio gozaba por nuestra parte de la mayor de las confianzas que pueda ofrecerse en este planeta, lo cierto es que enseguida noté en Claudia una sensación de vergüenza, un manifiesto rubor pudoroso. Nuestro apartamento estaba sumido en un caos épico. A Julio pareció no importarle, pero eso no lo pudo saber mi mujer: se hallaba nuevamente en su encierro, con su selva de citas bibliográficas aún por ser desmarañadas, seguramente fijando de cuando en cuando su vista en la ventana. Así la imaginaba. Así me gustaba imaginarla.
Llovía en la ciudad.
La tiene secuestrada el trabajo, le dije a Julio cuando quedamos a solas. Él tardó en responder, distraído por algo que bien podía ser el olor de los ambientes o el desorden.
Sí, será así, pero es por una buena causa, ¿no? ¿no va a escribir sobre vos?
Y sobre otros también, pero eso no importa.
Eché un vistazo a mi derecha, justo al lado opuesto en el que se había sentado Julio. Distinguí sus pisadas sobre la madera. Eran de un tono más oscuro que esta, tintadas por el agua.
“No importa”. Desde que lo conocía, Julio se mostraba directo, hábil, astuto hasta un límite en el cual todos los demás, sus amigos, su familia, hasta su corredor de seguros, nos sentíamos idiotas. Él se nos adelantaba siempre, agarrándonos de las orejas si no había otra alternativa, actuando con desmesurada precisión.
No importa lo que digas, pero esta vez no te escapás: tenés que cantar en “El club” el viernes. Se cayó Benetti. Está enfermo, con anginas.
No pregunté nada, por lo que siguió hablando:
Todavía no es muy seguro, pero lo más probable es que te toque con la gallega. Bueno, con la “inglesita”. Amelia Nichols. Me habías dicho que tenías discos de ella.
Apenas abrí los labios para responder:
Sí. Me invitaste a verla el año pasado. Después, cuando terminó, te acompañé a visitarla a bastidores. Simpática, sensual, sensible. La recuerdo. Dos gotas de agua su voz y la de Janis Joplin. Pero yo no puedo cantar, Julito.
Repitió varias veces Julio que eso era lo de menos, que sabía que no lo iba a defraudar. Que un poeta siempre pensaba en los demás.
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Pasaron pocos días hasta que, medio traído de los pelos, me acerqué a El Club Amarillo, creo que un jueves, a eso de las seis de la tarde. Me llevó veinte minutos caminar las seis cuadras desde el edificio en el que vivía. Ningún autógrafo, ningún cuchicheo a mis espaldas: la gloria del poeta. Desde que había alcanzado una determinada edad marcada por la experiencia, me sentía a gusto deambulando por aquellas calles del centro de veredas rotas y colonizadas por palomas tan eternas como las chismosas apretadas entre los dedos de las jubiladas que se quedaban a mitad de camino viendo cómo cambiaba la luz del semáforo. La simbiosis entre aquel cuadro de costumbres y mi personalidad era indiscutible. Pensaba, vanamente, que la mitad de mis poemas, sino muchos más, frecuentaban ese Montevideo invalidado por el paso del tiempo. Un poeta, parecía verdad, siempre pensaba en los demás, pero únicamente por necesidad.
Amelia Nichols realizaba ejercicios de calentamiento cuando penetré en El Club Amarillo, el bar/pub que Julio había comprado hacía cuatro o cinco años. Organizaba veladas íntimas, con música en vivo interpretada por artistas de renombre que buscaban en aquel local, cada viernes y cada sábado, una atmósfera a medias entre lo bohemio y lo esnob.
¿Sabría la cantante que había habido antes allí? Yo recordaba una cafetería, enorme, con nombre de cuento de Hemingway; un comercio de muebles que ofrecía precios muy ventajosos pero que, he aquí la explicación, evadía el pago de impuestos; y, por último, más accesible en mi memoria, una librería a la que, por culpa de una inundación (los desagües se habían roto), no le había quedado más remedio que organizar una gigantesca liquidación de libros recordada, seguramente, por todos los bibliófilos de Montevideo y poblaciones aledañas. La semana que duró la venta significó para mí volver cada a día a casa con una caja llena de libros húmedos bien en la tapa o bien en la contratapa.
Los primeros minutos me mantuve a una prudente distancia de Amelia. Seguía con sus actividades de preparación, volaba como un pájaro de lo más versátil impulsada por sus tres octavas y media. Sus únicos espectadores: el pianista, que permanecía en un silencio imposible de doblegar, y yo. Impávida, la Janis Joplin “gallega-inglesita” continuó otros cinco minutos. Me miraba, ciertamente recordando que me había citado allí para conversar sobre nuestra hipotética actuación conjunta de la semana próxima.
Bajó de las tablas, pero en lugar de aproximarse a donde yo me había acodado se dirigió hacia la barra. Bebió de un vaso de agua.
¿Simón? Debes de ser tú. Vale. Perdona. No se me da bien recordar caras.
Dos besos. Uno plasmado en cada mejilla. Amelia, tras dos años de residencia en Uruguay, volvía con cada saludo a su Madrid natal.
Comenzamos a hablar en los términos más vagos, aquellos que se vuelven materia de charla sin ofender a ninguno de los interlocutores. Inocentes. Sí, de Madrid, de La Latina. Bueno, primero de paseo, con mi padre, él es de aquí. Paz, quizás, o algo distinto, no lo sé. Aterrizar en casa, sin haber estado nunca en casa. Mis padres viven en Londres, han vuelto este año.
Simpática, sensual y sensible, sí. Esa ocasión la supe aprovechar para conocerla más, claro está, y para elegir otros adjetivos que calzaran de buen modo con la imagen, con la segunda imagen que me estaba dando. Era tímida, más joven de lo que con casi toda seguridad indicaba su DNI y delicada. Delicada, no sensible.
No sé cómo, pero Amelia consiguió que me sintiera holgado con la situación. Si finalmente daba el sí y aceptaba la propuesta, sería la primera vez que cantase afuera de la ducha. Ella parecía darse cuenta y se comportaba conforme a ese conocimiento, aplacando mis nervios.
Esa misma noche fuimos a cenar.
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Julio regresó a mi casa la tarde en que Amelia Nichols y yo mantuvimos el primer encuentro con vistas a imaginar, dibujar y colorear nuestro dueto. Claudia repasaba los dos últimos párrafos que había introducido en el procesador de textos cuando oyó el timbre sonar con infame chirrido.
¿Quién es?
Soy yo, Claudia, Julio.
Imagino que luego de chocar con la tibia voz de Julio, que semejaba tan lamentablemente acostumbrado a las visitas intempestivas, ella volvió la vista hacia el horizonte abierto de la sala de estar para calcular la hora que marcaría su reloj si lo hubiera llevado sobre la muñeca en aquella instancia. El cielo despejado de la tarde, en el que se recortaban las siluetas de estructuras de materiales nobles y también innobles todas del siglo pasado, se fundía en la negrura. Horas después llovería mientras Claudia y yo hacíamos el amor.
Simón no está. Se fue hace un rato a “El club”. Pasá.
Me enteré de que estás muy ocupada. Con tu trabajo, que no te deja estar, diría Julio.
Son sólo unos meses. Ya me tocará descansar. Unas vacaciones que me merezco. Estamos los dos casi todo el día acá. A lo mejor viajamos lejos. Praga o Varsovia.
¿Tan lejos? ¿Por qué? Disculpá que me siente…
Claudia seguiría de pie, de espaldas a la puerta, enfrente a Julio. Sentiría frío hasta en los huesos, aunque el día no fuera en absoluto invernal. Era todo lo que había, se diría, la realidad carente de milagros, y eso le sentaría peor que soñarse despellejada a fuego lento.
Ese amigo mío estiró una mano gorda y levemente velluda. Sólo pudo atrapar el dedo índice de la mano derecha de Claudia. Nada más que eso. No existirían ganas ni oportunidades de compartir sus alientos aquella tarde-noche, mucho menos sus jadeos, pero ella quedaría extraordinariamente impresionada al ver a Julio atravesar la puerta de la casa de su marido.
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Amelia Nichols era un personaje fascinante. Adictivo, casi. Por suerte, a mi mujer no le surgía ningún tipo de duda respecto de mis encuentros con ella. Tampoco hacía falta que le dijera que nuestras reuniones se debían a los consabidos motivos de trabajo. No tenía por qué mentir. Tampoco había nada que ocultar, nada que yo reconociera y que mereciese ser acompañado de una mentira.
Frecuenté toda clase de restaurantes junto a ella. Me tomó más de una semana comprender por qué no le sorprendían mis elecciones: sencillamente, era la consecuencia de que tantos hombres la cortejaran. En dos años, haciendo gala de su condición de soltera había olvidado a incontables pretendientes aficionados a gastar alguna broma concerniente a su acento. La mujer a la que le costaba retener rostros.
Joder, la previsibilidad implica el final de la vida, significa la muerte. ¿Acaso no lo sabéis?
Obviamente, también había espacio para la música. Intentaba no deshacerme en elogios hacia su talento, pero no lo conseguía. Ella fingía ignorarme. Bebía un sorbo de agua, con el mismo gesto elegante de la primera tarde en El Club Amarillo, y me pedía que cantase. Entonces, esforzándome, entonaba en voz baja canciones de los Doors o de Billy Bragg.
Tu voz parece no transmitir nada, aunque invita a ser escuchada, ¿sabes?
¿Estás coqueteando conmigo?
¿Me habías dicho que estabas casado, no? ¿Eres feliz?
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Nos separamos. Claudia se fue a vivir con su madre al barrio de la Aguada. Las semanas antes y después de la separación estuvieron imbuidas de tantos cambios que me resultaba un tanto engañoso pensar que todavía era el mismo de antaño.
Para empezar, Julio dejó de visitarme, más bien trató de evitarme a toda costa. Cuando di por acabada mi cuarta presentación en su bar, repugnado por su cobardía, la cobardía de mi patrón y antiguo amigo, decidí despedirme para siempre del lugar. La sensación de no-retorno me invadió ferozmente al tiempo que daba los primeros pasos con los que emprendí la vuelta a mi cama de dos plazas en un séptimo piso de la calle Colonia. La ciudad, entre amarilla, por la luz de los faroles, y gris, por el silencio que se filtraba a través de las ramas de los árboles, dormía atareada. Un deseo guardaba en mi seno: dormir con toda esa gente, sin nombre, con todos esos prototipos de poemas de cuarta. Pura soledad.
Los tacones de Amelia resonaron en mis oídos, arrastrados por una brisa casi primaveral. Avanzaba muy rápido, sin gritar mi nombre. Alcanzó a ponerse delante de mí.
¿Es que no vas a volver, cariño? Esto no puede ser así, dímelo. Dime que no.
Sonaba, valga el tópico para referirse a un tópico mayor, como un personaje de telenovelas. Clavé la vista con aún más firmeza en el suelo. Me balanceaba en mi interior, me preguntaba por qué me había equivocado tantas veces. Su voz respiraba en una reminiscencia inconfundible del café, no del tabaco de Janis Joplin. Olía a gloria ella toda. Continué mirando la vereda rota.
¿No piensas volver a escribir? ¡Coño, ya eres mayorcito!
No voy a vegetar… no voy a…
No olvidaba, nunca olvidaba. Su beso supo a café, a menta, a té, a agua con hielo. Se trataba de un beso de reproche, la negación en redondo de mis aspavientos. Un rechazo. Una riña. Lo había dicho yo minutos antes: viviría como un anacoreta con mis libros hasta que cerrara la herida hendida por la ruptura. Sin más combustible que el de las letras de los otros.
Caminamos agarrados de la mano, primero sin dirección definida, luego hacia casa. Amelia me daba un poco de felicidad. Breve, buena felicidad. Acaso venía a ser la antítesis de Claudia, la Claudia que ahora me dolía: la inmadurez frente a la senectud, la artista frente a la estudiosa, la fiel frente a la adúltera. No pensaba entonces en aquellas cosas. Pensaba más de lo que debía pensar, pero se me escapaban los hechos.
Escalamos con urgencia los cerca de treinta metros que llevaban a mi apartamento. La carencia de pausa en nuestro movimiento tenía una causa inmediata por demás simple: ella debía viajar al día siguiente a Barcelona para iniciar la grabación de su cuarto disco. Le deseé suerte al abandonar El Club Amarillo tal como si fuera un extraño. Recibí a modo de respuesta una mirada torva. Días antes me había propuesto que grabásemos un tema los dos juntos.
Busqué las llaves dentro del pantalón de mi esmoquin mientras ella se afanaba en besar mi cuello. Saqué lo que mis dedos encontraron y aparté suavemente a Amelia de mí. Sentía un intenso frío en los pies desde que habíamos alcanzado el umbral. Abrí la puerta y ella se me adelantó.
Simón: se te ha inundado el piso.