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Vimos a una pareja de adolescentes besándose en la calle junto a una reja metálica que guardaba la entrada de una casa de magnas proporciones y magno porte. Esa no fue nuestra primera comunicación. De hecho, ni siquiera sé si la hubo en dicho instante; cabe la opción de que ella estuviera haciendo algo totalmente distinto mientras yo consolaba mis introvertidos ojos dándoles un paseo por las calles que transitábamos; quizás ella tenía su pensamiento fijo en mí sin que necesariamente existiese comunicación.

Le comenté a un amigo cercano que era imperioso, si quería conservar intacta mi impecable salud, conseguir una compañera de aventuras. La lentitud que supone permea toda relación amorosa con un mínimo de solidez conformaba un vacío tan enorme en el trajinar de mis días que, sin vergüenza alguna, repetía aquí y allá la siguiente frase: “necesito una mujer”. Sonaba a sentencia o a enunciado de mago mediocre. Cuando este buen compañero sufrió el padecimiento de volver a escuchar mi frustración por cuarta o quinta vez, me llevó a un rincón, me depositó en un banco y dijo en voz baja: “yo también necesito una mujer, aunque no sepa qué significa tenerla”.

Sin dudas había algo de religioso, de absolutamente incomprensible en el trabajo que me había propuesto un peatón desgarbado en un sueño de noche turbulenta. Se acercaba el verano y mi cama continuaba sola, mi alma partida a la mitad, y el hombre (que en lugar de sonreír expulsaba líquido verdoso por la boca) sopló las instrucciones. Las retuve en el cerebro como quien memoriza un eco en un idioma extranjero retumbar en un templo, es decir, como quien se interesa pero cree no entender.

Nos revolcamos en su cama y saboreamos las mieles creadoras de un placer tan nítido como el agua de lluvia. Sin anhelo previo, susurró: “me gustaría llamar a mi hija Magnolia”. Inmediatamente después, cerré los ojos y surgió ante mí el degustador de bichos, el vagabundo de los sueños. Comprendí que ella había cometido su error garrafal.

Una tarde compartida nos preguntamos qué había sucedido con la pareja que habíamos divisado aquel día en el autobús en plena demostración de pasión pública.

Fuimos a una orgía a buscarlos. De verdad: es que tenían cara de viciosos.

El asunto de la carnalidad social tenía su parte mala y su parte buena. La mala: la traducción de inexperiencia en desasosiego del novato, unida a la radical imposibilidad de ser los mejores. La buena: me fascinaba verla con otros hombres siendo consciente de que nadie, nadie, nadie, ninguno de ellos gozaría del privilegio de contemplarla mientras fumaba junto a su hombro en la cama. La realidad era mucho más grande que todos los sueños. Y tenía su causa: el hombre desgarbado había casado a los jóvenes amantes sobre la reja.

Ella no sólo se equivocaba casi siempre, sino que también constituía la plasmación de todos mis prejuicios en una única sustancia indivisa. Pero, por suerte, antes había habido comunicación y el aliento de los trenes de la burla que llevaban impreso su nombre se habían desligado del presente.

Un presentimiento basta para que una mujer haga de un hombre una semilla: yo sería el padre de Magnolia.

Ignorala. Salí corriendo. No te dejes perder. No te esfuerces.

¿Qué es la comunicación? En ese mundo personal tan partícipe de la perfección que jamás llegará a palparse por medio de ninguno de los cinco sentidos, la comunicación es la capacidad de ponerse en contacto con alguien a través de la mirada. Mejor dicho, una serie de miradas.

Además, la comunicación implica que esa serie de miradas proporcionen la llave de la penetración en la humanidad del otro sin que haga falta una puta palabra.

Post-rock

“And I feel like
Some bird of paradise
My bad fortune slipping away
And I feel the
Innocence of a child
Everybody’s got something good to say”

PJ HARVEY

Sé que suena cursi, sé que suena repetido, pero siempre que me encuentro al borde del llanto es gracias a o por culpa de una nostalgia que empieza a supurar en mi interior. Puede nacer de una canción —cantada con ese hermoso acento que funciona como una droga y que nunca llega tarde a ninguna cita—, así como también puede morir con un recuerdo que deja de ser borroso para convertirse en la realidad misma. Gozar de una buena memoria depende del tiempo, de la permanencia de ciertos instintos que en los primeros compases de la vida se sumergen en el más terrible olvido.

Jamás estuve “roto”. Aquellas veces en las que el mundo me sonreía y yo hacía todo lo posible por devolverle a los dioses una sonrisa teñida de amargura, no sentía acuchilladas atravesando mi piel: en realidad experimentaba lo que no se puede experimentar dentro de un cuerpo, es decir, no saber lo que está bien para mí, ni lo que estará bien para nosotros mañana. La duda viaja por círculos invisibles dentro de la mente, y cuando el ritmo de su desplazamiento se torna frenético sólo queda esa monstruosamente enorme abstracción, nada está bien, no hay fe que valga para desviarse de la prepotencia de esos impulsos.

Si cabe la conjetura, yo no soy víctima sino más bien victimario de mi mismo. Soy la elocuencia de un gen que falla, de una mutación que cada tanto anula las ganas de seguir respirando. Por todo eso aprovecho al máximo las horas de vigilia posando, calentando la piel para un encuentro conmigo mismo que nunca llegará o que se derrumbará mañana con la primera bofetada de cinismo.

Soy sagrado, luego mis nostalgias también lo son. La niñez idealizada, el cielo sin manchas, el niño de carcajadas infinitas, la cotorra que no paraba de hablar, la figura querida por sus amigos, la figura tímida pero apreciada, hasta el final, incondicionalmente. La estatua que por estatua jamás reflexiona sobre su naturaleza.

La explosión de tristeza requiere de dos ingredientes. El primero ya lo mencioné. El segundo, sin dudas, se refiere a una dosis de liviana soledad, entendida esta como el pesar del hombre que esta sólo ante sus miserias debido a que no las comprende y nadie lo ayuda a solucionar su problema. No sabe actuar. Indignado, lo confieso, no sé actuar.

Al final del trayecto lo seguro es volver hacia atrás. La conversación que promete pero nunca lleva a nada, el texto marchito por la falta de destreza, el acento que los años se reniegan a dejar en paz, el cariño de segundos atrasados. Quizás haya que volver a ellos hasta el cansancio. Lo dijo Nietzsche. Creo, y no temo decir la verdad, que si mañana abriera una oficina debajo de mi casa que expidiera pasaportes que permitieran viajar a esa tierra de eterna repetición, sería de los primeros en la cola. La razón: ya estoy harto de no llegar a ninguna parte —que no se lean metáforas aquí—excepto al indescifrable desconocimiento. Uno mismo.

Éxodo

Tengo derecho a decirlo: yo era un poeta. Hacía todo lo que uno debería hacer: inventarse versos, recrear su imaginación en lo cotidiano, refinar su expresión, unir dos palabras de forma inesperada —dos palabras inesperadamente juntas—, recitar octosílabos a su amante al tiempo que se abrocha el último botón del pantalón, brindar una cantinela romántica a su esposa, y andar por esta triste vida con el corazón fresco, siempre. Si la memoria no me falla, yo cumplía con cada uno de esos ritos y me enorgullecía de mi disciplina. No escribía para que los críticos me elevasen en sus altares personales o para que, una vez muerto y enterrado, me enseñaran en las escuelas; no, nada de eso. Debo reconocer que en un principio, cuando nadie me pedía una justificación de mi pasatiempo, no me paraba a pensar en los motivos que se ocultaban detrás de él; si acaso, y eran ocasiones muy puntuales, una declaración que nunca llegaría a destino o la ineludible cura de un amor no correspondido servían de acicate para agarrar el lápiz. El resto de mis poemas nacían de una necesidad más básica, aunque no por ello menos importante: llenar el tiempo de la mejor manera.

Hubo un momento, hubo una temporada, durante la cual dejé de sentir ese vacío que me empujaba a componer. Esa vuelta no ocurrió ni de la noche a la mañana ni tampoco requirió de un tortuoso proceso de madurez. Lo que vi describía círculos de la mañana a la noche y, contrariamente a toda lógica, me devolvía a los recovecos ya olvidados de mi infancia: me transformé en cantante.

Sin lugar a dudas, mi condición de hombre de letras facilitó esa metamorfosis. Todo lo que ocurrió tras pegar este salto sin paracaídas fue muy trascendente; tanto como para convertirme en narrador.

Una tarde de invierno, Julio vino a verme a mi apartamento del centro, ubicado sobre la calle Colonia esquina Avenida del Libertador. Mi mujer, que por aquel entonces preparaba un ensayo que más tarde aparecería en una voluminosa antología de poetas uruguayos nacidos tras el regreso de la democracia allá por 1985, dejó pasar al invitado mostrando cierta irritación por su llegada. Había caído de sorpresa. A pesar de que Julio gozaba por nuestra parte de la mayor de las confianzas que pueda ofrecerse en este planeta, lo cierto es que enseguida noté en Claudia una sensación de vergüenza, un manifiesto rubor pudoroso. Nuestro apartamento estaba sumido en un caos épico. A Julio pareció no importarle, pero eso no lo pudo saber mi mujer: se hallaba nuevamente en su encierro, con su selva de citas bibliográficas aún por ser desmarañadas, seguramente fijando de cuando en cuando su vista en la ventana. Así la imaginaba. Así me gustaba imaginarla.

Llovía en la ciudad.

La tiene secuestrada el trabajo, le dije a Julio cuando quedamos a solas. Él tardó en responder, distraído por algo que bien podía ser el olor de los ambientes o el desorden.

Sí, será así, pero es por una buena causa, ¿no? ¿no va a escribir sobre vos?

Y sobre otros también, pero eso no importa.

Eché un vistazo a mi derecha, justo al lado opuesto en el que se había sentado Julio. Distinguí sus pisadas sobre la madera. Eran de un tono más oscuro que esta, tintadas por el agua.

No importa”. Desde que lo conocía, Julio se mostraba directo, hábil, astuto hasta un límite en el cual todos los demás, sus amigos, su familia, hasta su corredor de seguros, nos sentíamos idiotas. Él se nos adelantaba siempre, agarrándonos de las orejas si no había otra alternativa, actuando con desmesurada precisión.

No importa lo que digas, pero esta vez no te escapás: tenés que cantar en “El club” el viernes. Se cayó Benetti. Está enfermo, con anginas.

No pregunté nada, por lo que siguió hablando:

Todavía no es muy seguro, pero lo más probable es que te toque con la gallega. Bueno, con la “inglesita”. Amelia Nichols. Me habías dicho que tenías discos de ella.

Apenas abrí los labios para responder:

Sí. Me invitaste a verla el año pasado. Después, cuando terminó, te acompañé a visitarla a bastidores. Simpática, sensual, sensible. La recuerdo. Dos gotas de agua su voz y la de Janis Joplin. Pero yo no puedo cantar, Julito.

Repitió varias veces Julio que eso era lo de menos, que sabía que no lo iba a defraudar. Que un poeta siempre pensaba en los demás.

Pasaron pocos días hasta que, medio traído de los pelos, me acerqué a El Club Amarillo, creo que un jueves, a eso de las seis de la tarde. Me llevó veinte minutos caminar las seis cuadras desde el edificio en el que vivía. Ningún autógrafo, ningún cuchicheo a mis espaldas: la gloria del poeta. Desde que había alcanzado una determinada edad marcada por la experiencia, me sentía a gusto deambulando por aquellas calles del centro de veredas rotas y colonizadas por palomas tan eternas como las chismosas apretadas entre los dedos de las jubiladas que se quedaban a mitad de camino viendo cómo cambiaba la luz del semáforo. La simbiosis entre aquel cuadro de costumbres y mi personalidad era indiscutible. Pensaba, vanamente, que la mitad de mis poemas, sino muchos más, frecuentaban ese Montevideo invalidado por el paso del tiempo. Un poeta, parecía verdad, siempre pensaba en los demás, pero únicamente por necesidad.

Amelia Nichols realizaba ejercicios de calentamiento cuando penetré en El Club Amarillo, el bar/pub que Julio había comprado hacía cuatro o cinco años. Organizaba veladas íntimas, con música en vivo interpretada por artistas de renombre que buscaban en aquel local, cada viernes y cada sábado, una atmósfera a medias entre lo bohemio y lo esnob.

¿Sabría la cantante que había habido antes allí? Yo recordaba una cafetería, enorme, con nombre de cuento de Hemingway; un comercio de muebles que ofrecía precios muy ventajosos pero que, he aquí la explicación, evadía el pago de impuestos; y, por último, más accesible en mi memoria, una librería a la que, por culpa de una inundación (los desagües se habían roto), no le había quedado más remedio que organizar una gigantesca liquidación de libros recordada, seguramente, por todos los bibliófilos de Montevideo y poblaciones aledañas. La semana que duró la venta significó para mí volver cada a día a casa con una caja llena de libros húmedos bien en la tapa o bien en la contratapa.

Los primeros minutos me mantuve a una prudente distancia de Amelia. Seguía con sus actividades de preparación, volaba como un pájaro de lo más versátil impulsada por sus tres octavas y media. Sus únicos espectadores: el pianista, que permanecía en un silencio imposible de doblegar, y yo. Impávida, la Janis Joplin “gallega-inglesita” continuó otros cinco minutos. Me miraba, ciertamente recordando que me había citado allí para conversar sobre nuestra hipotética actuación conjunta de la semana próxima.

Bajó de las tablas, pero en lugar de aproximarse a donde yo me había acodado se dirigió hacia la barra. Bebió de un vaso de agua.

¿Simón? Debes de ser tú. Vale. Perdona. No se me da bien recordar caras.

Dos besos. Uno plasmado en cada mejilla. Amelia, tras dos años de residencia en Uruguay, volvía con cada saludo a su Madrid natal.

Comenzamos a hablar en los términos más vagos, aquellos que se vuelven materia de charla sin ofender a ninguno de los interlocutores. Inocentes. Sí, de Madrid, de La Latina. Bueno, primero de paseo, con mi padre, él es de aquí. Paz, quizás, o algo distinto, no lo sé. Aterrizar en casa, sin haber estado nunca en casa. Mis padres viven en Londres, han vuelto este año.

Simpática, sensual y sensible, sí. Esa ocasión la supe aprovechar para conocerla más, claro está, y para elegir otros adjetivos que calzaran de buen modo con la imagen, con la segunda imagen que me estaba dando. Era tímida, más joven de lo que con casi toda seguridad indicaba su DNI y delicada. Delicada, no sensible.

No sé cómo, pero Amelia consiguió que me sintiera holgado con la situación. Si finalmente daba el sí y aceptaba la propuesta, sería la primera vez que cantase afuera de la ducha. Ella parecía darse cuenta y se comportaba conforme a ese conocimiento, aplacando mis nervios.

Esa misma noche fuimos a cenar.

Julio regresó a mi casa la tarde en que Amelia Nichols y yo mantuvimos el primer encuentro con vistas a imaginar, dibujar y colorear nuestro dueto. Claudia repasaba los dos últimos párrafos que había introducido en el procesador de textos cuando oyó el timbre sonar con infame chirrido.

¿Quién es?

Soy yo, Claudia, Julio.

Imagino que luego de chocar con la tibia voz de Julio, que semejaba tan lamentablemente acostumbrado a las visitas intempestivas, ella volvió la vista hacia el horizonte abierto de la sala de estar para calcular la hora que marcaría su reloj si lo hubiera llevado sobre la muñeca en aquella instancia. El cielo despejado de la tarde, en el que se recortaban las siluetas de estructuras de materiales nobles y también innobles todas del siglo pasado, se fundía en la negrura. Horas después llovería mientras Claudia y yo hacíamos el amor.

Simón no está. Se fue hace un rato a “El club”. Pasá.

Me enteré de que estás muy ocupada. Con tu trabajo, que no te deja estar, diría Julio.

Son sólo unos meses. Ya me tocará descansar. Unas vacaciones que me merezco. Estamos los dos casi todo el día acá. A lo mejor viajamos lejos. Praga o Varsovia.

¿Tan lejos? ¿Por qué? Disculpá que me siente…

Claudia seguiría de pie, de espaldas a la puerta, enfrente a Julio. Sentiría frío hasta en los huesos, aunque el día no fuera en absoluto invernal. Era todo lo que había, se diría, la realidad carente de milagros, y eso le sentaría peor que soñarse despellejada a fuego lento.

Ese amigo mío estiró una mano gorda y levemente velluda. Sólo pudo atrapar el dedo índice de la mano derecha de Claudia. Nada más que eso. No existirían ganas ni oportunidades de compartir sus alientos aquella tarde-noche, mucho menos sus jadeos, pero ella quedaría extraordinariamente impresionada al ver a Julio atravesar la puerta de la casa de su marido.

Amelia Nichols era un personaje fascinante. Adictivo, casi. Por suerte, a mi mujer no le surgía ningún tipo de duda respecto de mis encuentros con ella. Tampoco hacía falta que le dijera que nuestras reuniones se debían a los consabidos motivos de trabajo. No tenía por qué mentir. Tampoco había nada que ocultar, nada que yo reconociera y que mereciese ser acompañado de una mentira.

Frecuenté toda clase de restaurantes junto a ella. Me tomó más de una semana comprender por qué no le sorprendían mis elecciones: sencillamente, era la consecuencia de que tantos hombres la cortejaran. En dos años, haciendo gala de su condición de soltera había olvidado a incontables pretendientes aficionados a gastar alguna broma concerniente a su acento. La mujer a la que le costaba retener rostros.

Joder, la previsibilidad implica el final de la vida, significa la muerte. ¿Acaso no lo sabéis?

Obviamente, también había espacio para la música. Intentaba no deshacerme en elogios hacia su talento, pero no lo conseguía. Ella fingía ignorarme. Bebía un sorbo de agua, con el mismo gesto elegante de la primera tarde en El Club Amarillo, y me pedía que cantase. Entonces, esforzándome, entonaba en voz baja canciones de los Doors o de Billy Bragg.

Tu voz parece no transmitir nada, aunque invita a ser escuchada, ¿sabes?

¿Estás coqueteando conmigo?

¿Me habías dicho que estabas casado, no? ¿Eres feliz?

Nos separamos. Claudia se fue a vivir con su madre al barrio de la Aguada. Las semanas antes y después de la separación estuvieron imbuidas de tantos cambios que me resultaba un tanto engañoso pensar que todavía era el mismo de antaño.

Para empezar, Julio dejó de visitarme, más bien trató de evitarme a toda costa. Cuando di por acabada mi cuarta presentación en su bar, repugnado por su cobardía, la cobardía de mi patrón y antiguo amigo, decidí despedirme para siempre del lugar. La sensación de no-retorno me invadió ferozmente al tiempo que daba los primeros pasos con los que emprendí la vuelta a mi cama de dos plazas en un séptimo piso de la calle Colonia. La ciudad, entre amarilla, por la luz de los faroles, y gris, por el silencio que se filtraba a través de las ramas de los árboles, dormía atareada. Un deseo guardaba en mi seno: dormir con toda esa gente, sin nombre, con todos esos prototipos de poemas de cuarta. Pura soledad.

Los tacones de Amelia resonaron en mis oídos, arrastrados por una brisa casi primaveral. Avanzaba muy rápido, sin gritar mi nombre. Alcanzó a ponerse delante de mí.

¿Es que no vas a volver, cariño? Esto no puede ser así, dímelo. Dime que no.

Sonaba, valga el tópico para referirse a un tópico mayor, como un personaje de telenovelas. Clavé la vista con aún más firmeza en el suelo. Me balanceaba en mi interior, me preguntaba por qué me había equivocado tantas veces. Su voz respiraba en una reminiscencia inconfundible del café, no del tabaco de Janis Joplin. Olía a gloria ella toda. Continué mirando la vereda rota.

¿No piensas volver a escribir? ¡Coño, ya eres mayorcito!

No voy a vegetar… no voy a…

No olvidaba, nunca olvidaba. Su beso supo a café, a menta, a té, a agua con hielo. Se trataba de un beso de reproche, la negación en redondo de mis aspavientos. Un rechazo. Una riña. Lo había dicho yo minutos antes: viviría como un anacoreta con mis libros hasta que cerrara la herida hendida por la ruptura. Sin más combustible que el de las letras de los otros.

Caminamos agarrados de la mano, primero sin dirección definida, luego hacia casa. Amelia me daba un poco de felicidad. Breve, buena felicidad. Acaso venía a ser la antítesis de Claudia, la Claudia que ahora me dolía: la inmadurez frente a la senectud, la artista frente a la estudiosa, la fiel frente a la adúltera. No pensaba entonces en aquellas cosas. Pensaba más de lo que debía pensar, pero se me escapaban los hechos.

Escalamos con urgencia los cerca de treinta metros que llevaban a mi apartamento. La carencia de pausa en nuestro movimiento tenía una causa inmediata por demás simple: ella debía viajar al día siguiente a Barcelona para iniciar la grabación de su cuarto disco. Le deseé suerte al abandonar El Club Amarillo tal como si fuera un extraño. Recibí a modo de respuesta una mirada torva. Días antes me había propuesto que grabásemos un tema los dos juntos.

Busqué las llaves dentro del pantalón de mi esmoquin mientras ella se afanaba en besar mi cuello. Saqué lo que mis dedos encontraron y aparté suavemente a Amelia de mí. Sentía un intenso frío en los pies desde que habíamos alcanzado el umbral. Abrí la puerta y ella se me adelantó.

Simón: se te ha inundado el piso.

Waterloo Sunset

Ahora resulta que tengo lado sociable. Resulta que antes no. Alguien me lo descubrió, una especie de cazatalentos que quiere hablar conmigo un día de estos. Me dejó su tarjeta. Su primer nombre empieza por B.

Ahora resulta que me voy de viaje, sólo ida, que es lo mismo que decir sin vuelta definida. Como destino elegí la tierra propia, que no prometida. Ayer, antes de buscar el sueño perdido en esta última semana, miré fotos del nuevo aeropuerto en internet. Al principio me costaba conciliar la modernidad con la tierra que me parió. No recuerdo cuánto tardé en quedar encantado con los suelos plateados y las techumbres curvas. Una maravilla.

Ahora resulta que nuestras personalidades no encajan. Yo se lo dije desde un primer momento y no me hizo caso. Tanta hermosura se pierde debajo de las costillas, pensé para mis adentros mientras caminaba los primeros metros hacia la parada. Lo único injusto fue tratarla con condescendencia durante la hora que duró la conversación dentro de la Cafetería Antorcha. Vulgar hasta para los nombres.

Ahora resulta que, gracias al brote de mi sociabilidad, se me abren nuevas puertas, hasta la semana pasada desconocidas. El tipo de lentes negros parecía muy convencido respecto de mi personalidad. Frotó una lámpara y salí yo. Quién me lo iba a decir, tan hundido en la mierda como estaba.

Ahora resulta que los controles de seguridad en los aeropuertos europeos están siendo relajados. Lo viví en carne propia y después lo leí en un diario inglés, uno que compré en el kiosco más antiguo de la Terminal 4. Como consecuencia de las nuevas disposiciones, mi mente se sintió más libre ante el detector de metales. Aun cuando me encontraba del otro lado del umbral, parecía imposible deshacerme del espejismo que proyectaba desnuda a la funcionaria de seguridad.

Ahora resulta que pasamos más tiempo separados que juntos. Nada que no fuera posible prever desde el comienzo. Las fórmulas químicas no aconsejan la unión de dos cuerpos tan distantes, uno depositado en un archipiélago y el otro en una península, huso horario desfasado de por medio. Ojalá alguien la esté consolando.

Ahora resulta que mi nombre se maneja para un puesto bastante importante dentro del gobierno municipal. El más importante en realidad, pero temo pronunciarlo letra por letra. Lo rechacé de plano ante los ojos nunca vistos del tipo de lentes negros. Primero, yo no soy de izquierda. Segundo, esta ciudad la siento ajena.

Ahora resulta que el vuelo transatlántico ha dejado huellas de tortura en el pasajero que iba en el asiento 44J. Ese soy yo, son mis articulaciones las que crujen. Llovía cuando aterricé y para peor no encontraba en mi interior más ganas de moverme que las necesarias para tirarme a dormir. De camino al hotel -agradable hotel- divisé edificios de sesenta pisos. Paladeé la palabra “progreso” sin mucha precaución esta vez. Un antipático redomado el taxista.

Ahora resulta que ella me engañaba mientras yo me reservaba para los fines de semana lujuriosos en el sur. Más mierda, pero no me siento peor. Estoy en otro lugar, más alejado que nunca. Y no hay vacíos que llenar, no hay camas de dos plazas que se hagan grandes. A mí me quería de verdad. No volverá a llamar después de esta última confesión. Admito: no me la esperaba, por más insaciable que ella fuese.

Ahora resulta que mi debut en la televisión recibió críticas de todos los colores y alusiones a mi patético desconocimiento de la realidad actual. Más mordaz fue el estridente rumor de que estoy relacionado sentimentalmente con la hija del dueño del canal. ¡Pero sí es horrible! Nadie me ha dado un últimatum por el momento. No tardará en llegar y entonces gozaré de la oportunidad de sonreírle al tipo de lentes negros, el iluso con ademanes de iluminado que se creía con poderes de convertirme en un mito vernáculo.

Ahora resulta que la ciudad es de las más caras del mundo. No dejan de sorprenderme estos datos. Se duplicó el precio del metro cuadrado en la última década; se venden más helicópteros que autos usados; la construcción de cárceles es la mayor de todo el planeta y dentro de dos meses quedará inaugurada la primera planta procesadora de pestañas. Sí, pestañas.

Ahora resulta que ella tenía un monopolio sobre mi apetito sexual.

Ahora resulta que dentro de poco llegará una nueva propuesta, a modo de segunda oportunidad, para un programa con perfil más bajo que el anterior. No sé si aceptar. Ni siquiera estoy seguro de reunir las condiciones para hacer algo distinto a leer, escribir y escuchar canciones inglesas de la segunda mitad del siglo XX. Empecé a utilizar lentes negros para evitar ser reconocido, tal como hacía Bernardo Fontenla Quadras, el cazatalentos ubicuo que vaya a saber uno cómo ha sido capaz de seguir mis pasos.

Ahora resulta que la ciudad se queda vacía en verano. Todos sus habitantes abarrotan el aeropuerto ultramoderno para chutarse de kilómetros en la vena subclavia. Islas Cook. Shanghai. Islandia. La última palabra que crucé en la ciudad de mi infancia fue, otra vez, con una encargada de seguridad. No la vi desnuda. Hablamos amablemente. Tenía pinta de que su padre había sido barrendero.

Ahora resulta que estás embarazada, querida. ¡Amor mío, cuántos fracasos hube de perseguir antes de llegar aquí contigo, con tu barriguita enchida de esperanza! ¡Te lo perdono todo!

Sofía y la soledad

A María, por su libreta y sus bolígrafos.

Doy por seguro que estar solo no es una enfermedad; ¿cómo puede serlo cuando venimos al mundo sin compañía y cuando del mismo modo traspasamos las fronteras de la eternidad? ¿cómo podemos combatir algo tan obvio como la vida y la muerte, el alzamiento de mamá y el pliegue de párpados por parte del hijo?

Una entrevista que hace muchísimo tiempo me tocó realizar en mi antiguo programa de los sábados a la madrugada, Una página de diario, responde de una manera, y sólo de esa manera, a las cuestiones que el acertijo de la soledad encierra, preguntas que al menos una vez me han comido los sesos sin piedad. Las mismas que se interponen entre un techo blanco con sombras y tus ojos cuando ya estás cerca de caer dormido. Esas y no otras.

Se llamaba Sofía. Afinidad por la escritura y sensibilidad coincidieron durante su adolescencia para que Sofía iniciase la composición de un diario personal que, al momento de la emisión de nuestro programa que la tuvo por protagonista, llevaba la friolera de 27 años de confesiones inmortalizadas. 9790 días, toda una vida (muy interesante, por cierto).

Jamás me topé con la dicha de verla en persona. La idealizaba rutilante, simpática, querendona y refinada. Ya por aquel entonces yo intentaba encontrar una nueva ocupación que sirviera de sustituta a Una página de diario, próxima a desaparecer del dial y a ahogarse en la orilla de los navegantes artísticos extraviados. Abriéndose paso entre la efervescencia de la infructuosa búsqueda de otro quehacer, el único saludo que supimos cruzar volvería a mi mente varias noches consecutivas más tarde, insistente; por el contrario, las historias diferentes a la suya logragaban sosegarme.

En el transcurso de su juventud había tenido que enfrentarse a incontables mudanzas, a pesar de las cuales el trasiego de bienes personales de aquí para allá debió aguantarse las ganas de tragar su voluminoso diario.  Así fue cómo lo contó a la exigua audiencia que Radio Barcelona registraba en noches largas como aquella, lobos esteparios con radiorreceptores bajo una capa de grasa bajo una capa de pelo. Ella era la dueña de las ondas, la ninfa océanide dominante; al margen de la planificación que indicaba la necesidad de una pausa o la pertinencia de una determinada pregunta, los churros regalados por su padre para calmarla de una pesadilla, las desgastadas botas de su camino de Santiago, la crin cobriza de su caballo recién finado y, ya sobre el final, la jocosa anécdota que la situaba en una discusión entre miembros de una secta, no me dejaban otra opción que asentir, asentir de verdad aunque no quisiera.

Sofía se quedó con una sílaba partida al medio en el interior de su boca cuando le pedí por favor que concluyera. No carraspeó una sola vez antes de leer su página, primero con voz de sirena y luego con voz maquinal, desde el principio hasta el patético final.

Colgó el teléfono sin darme tiempo a hacerle esa pregunta, pero resulta evidente que para la muchachita de quince o dieciséis años que había sido la soledad era un motivo lúgubre. Posteriores exámenes de la misma hipótesis de la soledad como enfermedad me han confirmado la práctica unanimidad con respecto a tal postulado. La fuerza de este consenso -tan expuesto, por poner sólo un ejemplo, en la publicidad- no me impide disentir y romper con él. En aquella monstruosidad que casi todos ven en la soledad, yo veo la fuente misma de la vida y, por lo tanto, de los placeres. Las líneas garrapateadas por Sofía describen un sentimiento capaz de hacer inclinar la balanza hacia el otro lado, también capaz de transformar este principio de reflexión en mera flexión. Por más bella que me parezca, y aunque imagine su narración con voz quebrada, no consigue doblegarme:

“Tengo un solo deseo y te lo pienso contar. Pero no me rehúso a hacerlo porque se trate de un secreto. Más bien, creo que los rumores ya vuelan demasiado alto como para tirarles un misil y derribarlos. Sería inútil. tan inútil como darse un baño de felicidad con agua turbia.

Ojalá dejaran de gritar. Que hable todo el mundo significa que se quede sordo todo el mundo. Ya ves, me distraen. Me hacen divagar. Y yo quiero hablar de otra cosa.

Sí, somos amigas. Siempre creí en eso. También en los cuentos, en las fábulas, que para cualquier persona medio despierta no hacen más que distorsionar. Parece como si yo estuviera medio dormida, porque para mí las fábulas y los cuentos no hacen más que aclarar, coquetar con la luz.

Lo que quiero desvelar es, como todo buen deseo, una carencia. Una tan fácil de satisfacer que me resulta ridícula. Eso que me falta es… un temblor. Ya sé que no se entiende. Te explico: me falta esa revelación, ese “crack”. Quiero, no sé si lo digo bien, sentirme propietaria de un hombre. Que un hombre, o un mocoso, me da igual, tiemble delante de mí. Gustarle tanto o tan poco que no consiga acertar en las palabras más simples, que no pueda controlar sus piernas, que se tenga que ir con prisa a otra parte por timidez. Y, que después de eso, antes de irme a dormir pueda pensar en los acontecimientos del día y decir: se muere por mí.

Esa es la verdad pura. Mi tristeza”.

La dureza de las cosas duerme con nosotros.

Gestión de instintos

El bajo y la batería marcan el frenesí del sexo que nunca tuvimos. En un bar de Pocitos comienzo a arrastrarte hacia mi cueva, mientras el mundo se desvela pensando cómo no aburrirse. Quedan versos sin decir, tiempos sin evocar y, cristalinas como la sal, explicaciones que deseo no lleguen por los siglos de los siglos.

Cómo rasga el guitarrista las cuerdas de su instrumento, alejado de la desolación, poseído por un cuerpo igual al tuyo, desprovisto de la inocencia y del frío austral batido por las manazas de los pingüinos, me despierto en la parte trasera de un taxi.

Recuerdo la primera vez que me dije que vos no y también la primera vez que me dijeron que “vos” no. Érase un profesor sacudido por la desgracia, grisáceo hasta el fondo de la botella en que se conservaba su valle de lágrimas… subite a mi balsa, a mi submarino amarillo. Sólo un favor te pido: no me plantes los pies en la tierra tal como hizo él. Allá por el 2003…

Repuestos los silbidos de tu aroma bajo las escobillas que se inventan un tema propio dentro de la misma canción, confirmo que me abraso; quemaduras de tercer grado, presuntamente. Reluce tu cuerpo en el sepia; cuantas más fotos veo menos te olvido y más amnésico me torno respecto del destino. Me duelen esos años en los que jamás pude decir tan poco. Tus vertebras, ahora acopladas a las mías, hacen lo posible por rechazar esa vieja penuria. Todo sea por volver a la ignorancia mientras la herida cura.

Más abajo, más abajo y hasta el fondo, hasta ese metro que nos han construido para que podamos concebir el adiós penúltimo en Carrasco el joven. El final antecede al preludio. Enfilo hacia esta virgen y nueva ciudad primermundista estremecido por la prepotencia de tus uñas esmaltadas, las mismas que horas atrás se hundieron en la carne de mi orgullo.

Aguas

\”Piano Blink\” de Hawksley Workman.

De espaldas al Liffey soy sólo yo mismo. Me siento poderoso, juntando mis rodillas, de espaldas al Liffey. Nuestros deseos de libertad se ven subyugados allí, donde una estrecha línea de color marrón divide intuitivamente Dublín. Porque el poder actúa dando alcance a nuestro ser; la libertad no constituye más que un paso previo, una deliberación con arreglo a nuestra voluntad que lleva todas las señas propias de una moda pasajera; los bluyines que nunca fueron. Sin embargo, -admitamos, digamos- el poder se pierde en una nebulosa pérfida, nos seduce con su sed de sangre, tiros y cuerpos, y rehúsa, ¿qué?, darnos una palabra certera sobre la definición de nuestro rumbo. Para eso la libertad. ¿Hacia dónde? Hacia la orilla del Liffey, donde inventaré una historia o me sumergiré en una apacible ensoñación.

Más tarde sacaremos fotos al lado de la estatua de Joyce en Talbot Street. Nunca leeremos el Finnegan’s Wake, pero dicha disposición no impide que sonrías posada sobre la réplica dura y rígida del escritor que tan próxima se encuentra al hotelucho donde pernocta tu alma. Y la mía. Y la de algún fantasma participante en un amorío terriblemente fulminado.

Volvamos al Liffey. Doy saltos a partir de él. A lo largo de mis diecisite años, consciente desde el momento en que comienzo a hilvanar este enunciado de que voy a pecar de víctima aunque esté muy lejos de serlo, he reconocido mi rostro -ya fuera impotente, huraño, malhumorado, amable o sencillo- en unos cuantos flujos de agua que, a su vez,  han desvelado ante mis ojos una síntesis somera de las revelaciones implícitas en sus corrientes. Gracias a ello la flaccidez nostálgica del Río de la Plata quizás haya abandonado su condición de lecho óptimo para mis instintos. Acepto ese hecho al igual que acepto que la ría del Burgo morirá sin merecerse una efeméride. También estoy prevenido contra las maniobras del Atlántico, el cual recurrirá a dos perfiles meticulosamente lavados, el frío y horrible, según ella, por un lado (A Coruña) y, por el otro, el etílico sólo sobre la superficie, sobre la mejilla (Punta del Este). El Liffey derrota a todos los anteriores y a los que a duras penas conservo en la memoria (Támesis, Mediterráneo, Cantábrico, Pacífico) sin que siquiera ruede una lágrima.

Puede que el estruendo del secador atravesando la maltrecha puerta del baño se introduzca en mis oídos o, es altamente probable, cause molestias al resto de huéspedes. Yo ya salí del hotel. Una obsesión llamada Liffey corre presurosa dentro de mi organismo para hacer sinápsis donde sea que le convenga; el cuerno alzado en la diáfana noche del hemisferio occidental en manos del cacique o del indio servil retumba detrás de O’Donnell (o tal vez sea detrás de la línea roja del Luas) logrando así pervertir el movimiento de mis piernas. Avanzo negando los charcos hacia un puente llamado Ha’penny negando la única función verdaderamente útil de los charcos: devolverte el reflejo, peatón. Al llegar a destino queda bajos mis pies la austeridad sincera del río.

A última hora yo no soy él, él no es mío, yo mentiría si me identificase como un “yo”. En el tren que une Galway y Heuston Station llama mi atención, convoca mis sentidos, la presencia de una joven muchacha de hermosa facciones. Cualquier necio autodenominado perfeccionista tacharía las proporciones de su silueta de “poco adecuadas” si no fuera porque nadie lo escucharía. El asiento de la dama agraciada se halla a unos cinco metros del mío. Miro, escarbo, hasta creo que muerdo. Nada resulta más vano que aquello. Un libro del que ni siquiera he capturado visualmente encierra todos y cada uno de sus sentidos. Desisto sin sentir la clásica frustración, la que acostumbro esperar. Las sombras del Río Liffey no consiguen estirar mi poder allende una frontera indeterminada dentro de mi mismo o fuera de todo, sitiada por el universo. Inmediatamente después de finalizado el percance, recupero la libertad, que no necesita saber que contengo un 70% de agua, 0% de Liffey, y esto se traduce en un vistazo fugaz a mi izquierda;  ya terminaste Trainspotting. Me llevo tu recomendación literaria.

“De haberlo sabido antes, me hubiera lanzado. Sin embargo, nunca me lo dijiste. ¿Por qué? ¿Acaso confiabas sobremanera en mis poderes deductivos? Empujaste demasiado la suerte y esta terminó por descarrilar. Ahora es demasiado tarde, pero lo peor no es eso, sino que nunca existió un momento preciso. Me apena.”

Algo de eso cavilaba Santiago Marín al tiempo que bebía limonada recostado sobre una alfombra hecha con piel de vaca en el salón de su casa. La opulencia, que Santiago nunca se había propuesto alcanzar, se mantenía en sus trece: jamás se le daba por respirar, mucho menos contestar. Tampoco él deseaba respuestas -sinceras o falsas, no importaba- por lo que aquella vez no se sintió ofendido por el lujo.

De veras le apenaba su situación, tanto como se había imaginado que lo haría cuando sus presentimientos se hicieran realidad. “¡Llega y no desafía mi imaginación ni en un ápice!”, pensaba, mareado, el pobre Santiago.

Mientras cambia la limonada por un whiskey (de origen irlandés, por eso la terminación con “e”) el lector se plantea una pregunta, paralizado por la incomprensión: “¿Qué es lo que llega?”. El protagonista ya no siente el ardor en el centro del pecho que supo atosigarlo cruelmente hace unas pocas horas, pero, a pesar de esta ausencia, no cesa de sentirse enfermo. De estar enfermo. Una nube tan informe como gigante posa para Santiago, víctima de una jaqueca brutal, con casi toda seguridad febril y, por si fueran escasos sus disgustos, mudo. Sus cuerdas vocales no empiezan ni terminan ninguna palabra capaz de amedrentar la monstruosa nube; de ella cuelga el lector, que comprende de manera omnisciente la maraña vital de Santiago.

La clave para la última pregunta y para muchas otras que aun no han sido formuladas reside en la adolescencia. Se trata de un término que encierra infinitos clisés e imágenes comunes, pero al que la inteligencia del lector lleva a prestarle toda su atención.

Los síntomas mostrados por Santiago son juveniles, razón por la cual proveen de un halo misterioso su intrincada historia personal. En realidad, no son tanto los síntomas los que obedecen a un prototipo adolescente, sino sus causas. No es necesario que haga ningún esfuerzo para recordar quién es Santiago, ya que su mente abierta en un sentido literal del término ilumina pasivamente las áreas oscuras de la reconstrucción realizada por el lector.

Eloy Marín Barradas, ahora en su clase de tenis, representa además de los genes de su padre, hijo del difunto abuelo Ramiro, la culminación de una serie de insatisfacciones que su progenitor hubo de dejar dormir durante más de veinte años. Como entenderá el lector más tarde a medida que avanza en su aproximación, sería más preciso señalar que una gran insatisfacción estuvo allí para opacar el resto de satisfacciones que Santiago tuvo oportunidad de encontrar en esas dos décadas (un tiempo que sin ninguna duda se hubiese multiplicado por dos y quizás, salud de hierro mediante, hasta por tres de no haber tenido lugar cierto encuentro más significativo que fortuito la mañana del día salpicado por una nube majestuosamente aterradora).

A lo largo de esos cuatro lustros cuyo contenido se logra establecer a partir de la memoria del personaje tensor de los hilos de este relato, una sucesión de transformaciones habrían de trenzar la trayectoria de Marín, Santiago. Ocupando el primer lugar de esta corta lista imaginaria aparece el nombre de Corina Barradas, licenciada en Derecho, rica, enérgica y, por sobre todas las cosas, atenta en demasía con los individuos de su entorno. Apenas hizo falta una casualidad espacial para que la desbordante conocedora de códigos penales atrapara con su red frágil, siempre a punto de ser rota por su presa, a Santiago: un concierto en una desparecida sala de Barcelona al que ambos asistieran sin ningún tipo de compañía. Más pronto que tarde, Eloy, fruto de la relación surgida -idea nacida en la cabeza de Santiago no para olvidar a la Otra, sino para darle un giro a sus realidades y tomarse la existencia como un vivir “en serio”- habría de dar inicio a una nueva etapa llena de incertidumbres como es el colegio.

Una vez limpiado un pedazo más bien pequeño del desorden reinante oculto tras la frente de nuestro héroe por parte del lector -el cual, por otra parte, ya ha descendido de la pompa blanca clavada en el firmamento del barcelonés barrio de Sarrià-Sant Gervasi y ahora camina sigilosamente desde la cocina de la familia Marín-Barradas hacia el dormitorio conyugal-, otra breve y concisa narración de la adolescencia del protagonista se torna imprescindible.

¿Quién era él? ¿Quién era ella, la Otra? Sin más dilación, diremos que eran compañeros de clase, estaban confinados a un mismo destino dentro de las aulas de un colegio muy alejado de la ciudad en la que el whiskey acre humedece el esófago del filólogo, del afamado editor, del, por qué ocultarlo si es evidente, representante de esa élite catalana no nacida en Cataluña, Santiago Marín. Se mantuvieron en la condición de meros compañeros durante cuatro años. El primero de ellos bastó para que se produjera el más terrible de los destellos: la Otra, con sus iris tenues y castigados que se alzan coronados por sugestivas pestañas bajo un pelo color margarita; con sus poros exhaladores de una voluptuosidad perenne, ejerció tal fuerza sobre la conciencia de nuestro por aquel entonces inexperto protagonista que nada ni nadie fue capaz de arrancar de raíz el problema en los tres años siguientes. Nunca hubo de existir la suficiente confianza como para plantear la relación en otros términos, de manera que Santiago escapó a Barcelona y los diálogos con su Beatrice se fueron espaciando más y más hasta que el “no news, good news” pasó a ser ley inviolable en aquel agujero de más de mil kilómetros.

El editor, consumido por sus tres vasos de bebida alcohólica, ignora por completo que un cuento autobiográfico suyo está a punto de ser terminado sin su consentimiento, aunque también sin contradicciones, y que el primer lector se recorta invisible contra las paredes color lila de esta su última habitación, la de un matrimonio que se presenta desgraciado ante su espíritu. Los cuatro años han vuelto a nacer y ahora procura olvidar, para luego resolver qué pasos debe seguir. “¿Cuántos hoteles habrá en Barcelona?”, se pregunta reiteradamente quien comienza a olvidar, entre otras cosas, su propio nombre.

Aquella mañana -y es lo último que el lector consigue averiguar con certeza- la Otra volvió, sí, mas de un modo inesperadamente patético. El nombre de aquella promesa pubescente coincide con el de una profesora herculina que visita el exclusivo colegio de Eloy bajo el pretexto de organizar un intercambio escolar. No persiste la duda en la mente de Santiago después de contemplarla agazapado detrás de un abedul; es ella, es la Otra, es la Única, con un rostro nada ajado…con esos ojos…¡Oh, Dios, esos ojos!

Al pobre hombre lo atropellan los síntomas y pensamientos descritos en el albor de esta exposición saturada de pesadumbre. Son pensamientos y síntomas propios de los cuatro años que no son ni tan lejanos ni están tan diluidos como Corina e incluso el propio Santiago creen. Aun así se apartan. Poco después de que los ardores de pecho retornasen para castigarle sin misericordia, la cura suprema, la del sueño serena a nuestro protagonista. Adiós, lector. Esto es todo, pues, como razonara un pensador anglo-sajón cuyo apellido no recuerdo, la mente del que sueña es a la vez escenario, autora, elenco y, por supuesto, única espectadora de lo que allí sucede.

“Have you ever loved a woman so much you tremble in pain?”

Disfrazados estábamos casi todos, con la excepción de alguna que otra presencia discordante. Incluso a mí me habían trastocado el aspecto. Aquella noche de la que nadie saldría indemne había comenzado con bufandas de plumas y otras ridiculeces varias acomodándose en nuestros cuerpos.

Lo que había visto con ojos avergonzados como una muestra de debilidad personal -todo aquello, sin dudas, lo era, empezando por mi mismísima asistencia al evento-, se fue convirtiendo poco a poco en una experiencia suave, grata, saludable.

Como siempre ocurre con las grandes concurrencias, las piezas que al principio parecen extraviadas luego se aprovechan de casualidades mínimas para reunirse con otras piezas afines. Advirtamos que las piezas en este caso son personas, personillas, en definitiva, adolescentes. Yo, que aceptaba a duras penas pertenecer a dicha categoría, comulgaba, sin embargo, con la convención, así que, en semáforos, a las afueras de supermercados que proveían del imprescindible combustible festivo y nocturno, ansiaba la llegada de esos innominados afines.

Todo el episodio de los disfraces no duró más de cinco horas, a lo sumo seis. Tuvieron lugar las suficientes circunstancias como para que el fantasma del tedio nunca se paseara por allí, pero el precio que la mayoría de los que nos congregamos bajo la excusa de un triple cumpleaños simultáneo debimos pagar por tamaña concesión, como es de esperar, fue muy alto. Un coste impuesto en primer término por la violencia y, en segundo, por su madrastra: la embriaguez.

De la violencia recuerdo muy vagamente unos golpes, retenidos con esfuerzo por mis ojos miopes, sobre el miembro de más edad de los invitados, a la sazón novio de otra invitada, menor que él, insoportablemente locuaz e histriónica ella, aunque derrochadora de ciertas muestras de afecto para con un convidado de piedra como el narrador que no convenía despreciar. Tras aquella chocante tunda se cernió sobre nuestras cabezas la presión del miedo, aunque es preciso acotar que el ambiente alegre permaneció, a grandes rasgos, incambiado.

Creo que vale la pena aclarar que entre aquellos disfrazados, aquellas piezas jóvenes, vi dos clases distintas de embriaguez. Separemos las aguas.

Se me viene a la mente como ejemplo del primer tipo la imagen de una niña pertrechada como jockey haciendo gala de una ingenuidad, una torpeza y una insesatez inusitadas, multiplicadas por mil. ¿Alcohol? Sí, por supuesto, no lo dudé entonces ni lo dudo ahora. No obstante el componente químico que inevitablemente le resta mérito a la figura de la señorita, su cuerpo incoherente me sigue causando gracia hasta el día de hoy, cuando la bruma baña sin misericordia los recuerdos que mi mente todavía conserva.

Ahora que vuelvo a leer mis palabras, concentrándome especialmente en uno de los párrafos anteriores, me arrepiento de haber tronchado tan cruelmente la embriaguez. No sólo eso: por si fuera poco, sospecho que me faltó seso. Quizás sólo exista una, la de los embriagados literales, la de los borrachos, la de los curdas mecidos desde dentro por un hígado desenfrenado. Supongo que la verdad se acerca más a la existencia de dos concreciones fundamentalmente distintas de la realidad. Ambas fueron paridas sin mayor celo que el acostumbrado por los personajes ocultos tras telas inusuales en aquella ocasión que este texto pretende rememorar, pero vaya error profundo significa emparentarlas. Pido disculpas.

¿Qué me toca narrar a continuación ahora que ya he reconocido mi equivocación? Es necesario, antes que nada, elegir una palabra que se encuentre en la gruesa silueta del diccionario para nombrar a la vieja Embriaguez II.

Vanidad.

“Tú molas”, soltó con entonación saltarina I.

Desvestir aquella oración que, por otra parte, no es nada extraordinaria en cuanto a la forma, se me antoja asquerosamente reflexivo. No es lo que me interesa. Si acaso hay algo que me gusta de ella por sobre toda las cosas es su sinceridad exagerada o su exageración sincera. No sólo me resultaría repugnante penetrar más profundamente en ese enunciado, sino que sería imposible, puesto que I, pieza afín que fue, ya no está presente para pedirle, por fa, decime, qué diablos quiso expresar o si, empecemos por lo básico, decime, si fue consciente de lo que dijo cuando lo dijo. El desengaño me lleva a pensar que no hay nada más que eso, que ese pensamiento y que, por lo tanto, pensamiento y lenguaje se sincronizaron espectacularmente durante esos dos segundos, algo que nunca ocurre en ficción.

——

“How does she feel when she’s next to you?”