Salte la navegación

Clarice. Otro tema de Caetano, uno que me pega más fuerte: Caetano Veloso – Alguém Cantando – Remixed Original Album

 

¿Cómo se conoce a la gente? En serio, yo quiero saber dónde reside el misterio. Cada vez que dejo atrás un cuarto, una pieza encantada por el calor multitudinario, un aula con aroma a tigre tibetano, me asalta la interrogante. Pretendo desactivar el mecanismo explosivo latente con palabras que no se forman en mi boca sino que se construyen solas en los astilleros de mis cauces internos. No llegan hacia donde deberían navegar para clavar su ancla, se hunden, son herrumbrosos buques que vuelven a encallar en el dique de mi vida.

¿Quiénes son ellos? Ya no puedo retroceder y comprobarlo. Han dejado su última piel, se han extinguido, aunque me sofoca la esperanza de que en otra oportunidad, eso es seguro, la realidad se hará torbellino y vertiginosamente veré a sus fantasmas transitar por los mismos lugares: los pasillos, los trenes, los andenes, los aviones y los aeropuertos.

Giran en la confusión veloz, son amables y yo les respondo con misantropía. “Inevitable significa que no se puede parar”. Quemo sus máscaras desde la lejanía. Ellos sí me conocen. Parecen controlar cada gesto mío con ansias tremendas de convertirlos en pantomimas redondeadas por la claridad del tiempo. Y se aburren, pues desean con desvelo marcharse a otro sitio para entregarse a la sonoridad inviolable de sus entrañas.

Yo, de todas maneras, tras un cortísimo período agazapado, escapo en dirección a esos espectros. Con soltura, me dan la espalda y los golpeo con lo que encuentre a mano. A veces reaccionan a través de un sarcasmo que me parte al medio; entonces, es a mí a quien le llegan los ecos tántricos de la soledad.

Se esfumaron las sombras. Ahora, en repetidos marcos espacio-temporales, surgen, animadas, nuevas muñecas con las que jugar a ser mayor. Guardan una similitud acusada con sus parejas muertas. Eso y el hecho de que mi torpeza permanezca incambiada se conjugan para frustrar la serenidad en la que estaba inmerso. Después, ya realizadas las presentaciones de rigor, una a una, recogen su emoción húmeda y se abren tajos en la curvatura del pecho; me permiten ver de fuera hacia dentro.

Sin embargo, la admiración por la materia jamás caduca, no como el centelleo variopinto de las cavernas etéreas humanas. Con un par de piernas desprovistas de mantel me basta para crucificarme en la adulación más bastarda, aquella que no posee recompensa pero exige el mundo entero, lo insospechado detrás de rayas de un rojo iracundo. Se trata del caprichoso empobrecimiento de la finitud de mi existencia, tan variada y rica en su onanismo como descompuesta e informe en su expansión transanimal.

El hombre, mejor dicho, la mujer, cesa en su nebulosidad cuando se apropia de un nombre y se ofrece para añadir a él ideas leídas en Kundera y en Hans Castorp al pie de La Montaña Mágica ( Tomás contemplando una pared grisácea a través de la ventana de su piso, los ojos achinados de Madame Chauchat, etc.). A partir de ese quiebre, su deceso se transforma en un asunto solemne y, como resultado, su conquista en aras de la reproducción ciega al patrón de la ignorancia. Porque, a pesar de los escarceos violentos con la vaguedad incorpórea que antes supo caminar la Tierra, continúa sin desprenderse de su fatalismo erótico.

Un día dirá la verdad con pedruscos. Será una gran ocasión. Matará a las personas hechas a su imagen y no tanto a su semejanza.

 

 

 

Ahora estoy escuchando a Feist, de modo que la tranqulidad y la excitación se confunden en una sola bruma rojiza sobre la que consigo flotar sin mayores dificultades.

Feist – Inside And Out

Por otra parte, quiero saber:

Si me vieras sentado en forma de “n” cursiva en el balcón de mi apartamento de Madrid, ¿pensarías que soy interesante? ¿descubrirías que la suerte te está brindando una oportunidad irrepetible de quitarme las gafas y tirar al contenedor de los plásticos La teoría de los sentimientos morales? Porque, te advierto desde ya, no pienso volver a practicar la misma postura sugestiva.

Quizás aquí se encuentren pedazos de la respuesta maltratada:

Nuestra capacidad para ser felices es directamente proporcional a nuestro potencial para ser queridos. Y es eso a lo que la naturaleza, que busca que el ciclo vida-muerte no pare mientras halle materia a la cual desposeer de anhelos, nos obliga desde que vemos la primera luz. El arte, la prepotencia, la compasión, la lucha, la entrega y la burla son sólo algunos de los caminos que nos garantizan una posición aventajada en el jardín de estatuas prestas a ser movilizadas con emociones tiernas que nos tocó por único paraje.

¡Cuántas subordinadas, por el amor de Dios!

Señores oyentes, adéntrense en la realización de un ejercicio mental. Piensen en un ser humano; puede ser cualquiera siempre y cuando conserven un recuerdo nítido de sus rasgos definitorios. ¿Lo han hecho ya? Bien: ahora, con ayuda de su frondosa imaginación, quiero que se proyecten ustedes y sus acompañantes imaginarios hacia un espacio virgen, de incomparable belleza. ¿Lo tienen?

Sigamos, entonces. No se apresuren, estimados oyentes. Es probable que nunca consigan entender mi luminoso intelecto, pero yo sabré disculpar. ¿Dónde estábamos?

El papel y la tinta son como dos amantes. El uno es continente, el otro, accidente. Yo ya no escribo en la computadora, se me hace cada vez más difícil; últimamente la espalda me está pasando factura, las vertebras asumen y emiten sus quejidos ante mis irrefrenables ganas de agarrar el mundo con firmeza. Y, claro, eso colisiona con los portátiles, las camas y las paredes, elementos altamente nocivos para la salud lumbar.

Deseo que hayan alcanzado un satisfactorio grado de consecución creativa antes de proseguir con nuestra actividad lúdico-ilustrativa. Ahora es momento de que añadan a la ecuación una nueva variable: el tiempo. Dado que es imposible que construyamos cualquier tipo de escenario prolongado hacia la eternidad, hemos de conformarnos con la máxima extensión concebible. Obviamente, este es un apartado eminentemente personal, por lo cual no me atreveré a brindarles un número que pueda convencerlos a todos ustedes, miembros de la honorabilísima audiencia que aquí se reúne.

En Tokyo la gente se adaptaba sin rechistar a mi metodología, ¿vio? Y en Hanoi, tres cuartos de lo mismo. Pero aquí los cauces del lenguaje no se hicieron con piedras, amigo mío, sino que parecen estar levantados a base de terciopelo o de dambula. Qué desagradable es la incomprensión, qué ingrata. ¡Mire la de personajillos que se están levantando de sus asientos! ¡Si es que parece mentira!

¿Cuántos quedan ahora? Deje, deje quieto que me voy a poner de pie. ¿El martillo lo tiene a mano? Rómpales los tímpanos, haga el favor. Basura, sus neuronas son ratas y su cabeza una biosfera podrida.

Entonces, el orador comenzó a despojarse de sus ropas: la corbata voló y se quedó enganchada al ventilador cubierto de rubíes malayos que presidía el techo de aquella sala de reuniones; los pantalones, la camisa gris, el saco azul oscuro y los zapatos comprados en Milán se endurecieron en un montón que por su altura logró empequeñecer la figura del señor que minutos atrás había sabido vestir esas prendas con una dignidad inigualable. Yo, mientras tanto, me desconecté del MP3 y, siguiendo el ejemplo de aquellos que me rodeaban, me aparté de mi silla. No obstante, la imitación no fue completa, ya que antes de unirme al séquito de almas prófugas, frené en seco y observé al intelectual. Marsilio Petrarca. Pensé en las docenas de sonetos que había escrito para llegar a ese sitial de privilegio que las autoridades artísticas del momento le habían confiado y no pude reprimir el bostezo. El hombre permanecía ofuscado en su desnudez. Se había aquietado. Por un segundo creí que realizaría el esfuerzo de retomar su coloquio, pero la realidad me abofeteó horrorosamente cuando el robot de Petrarca se apagó, se colocó en cuatro patas y se enchufó a la corriente eléctrica del edificio.

Mis interrogantes se estrellaron contra Babel, contra la duda de existir.


Buscar:

- Tres caprichos no correspondidos.

- Un chupón en la medianoche de mi preadolescencia.

- Un romance con dientes de leche.

- Los seis meses más encendidos de mi existencia.

- Dos niñas originales, auténticas, interesantes, que siempre se me escapan.

- Una rubia que vino y fue dos veces, cuya actual morada se muere de distancia de nuestro recuerdo.

- Mi analista profesional.

- El azar. Quizás tu lugar lo debería ocupar otra menos salvaje.

-  (REPITE) Un nombre que se deja estar como una letanía en mis agendas de peluche.

————–

Nada más injusto que nadar en esta sopa de letras.

(El título constituye un semi-plagio de una canción de Elliott Smith, pero vaya y pase).

Cero, cero y medio, cero y treinta y cinco.

Uno. No, qué va a ser uno.

Soy artificial, superficial: necesito pruebas de ADN para ver en tu sangre.

Cero, cero con diez, menos que uno, seguramente.

Se me escapa la cifra ansiada. La luz de los techos

queda bailando

en mi rostro no afeitado.

Reloj y navaja

punteando mi sino,

digo que sí

al rumor de Tierra;

digo que sí,

tristón alfil.

Paz duradera

conmigo se ducha

burbujea en la propina de mi piel

y da más de un guiño.

Refrescante, partí.

Pienso vivir.

Me vas a ver en el medio de la difusión restar fracciones imantadas

(imantadas me correría en obligarlas a ser).

El engaño es tan barato, casi carece de precio esforzarse en imaginar

que las cosas son como no son.

Temperatura: treinta y cinco, treinta y cinco con ocho, treinta y siete:

ya tenés fiebre de la dura, los curdas se apilan como buitres esperando

que desfallezcas.

Notas en bajada, paréntesis abiertos, puntos y comas, gotas, millones,

no te arraso,

no te acordás de mi anécdota de partida.

¿Qué está pasando ahora a dos mil kilómetros de acá, a diez mil, donde nací

entre llantos y augurios voladores, a un metro de tu mano izquierda, columnas

encrespadas sosteniendo el desastre nuclear que se viene?

Una bala de cañón directa a mi pecho cada vez más enhiesto:

pezones, uno, dos, toco, toc toc;

una caña de pescar en el mar que hoy echo en falta tras la rectilínea playa del semáforo,

en su fondo corvinos, qué demoledores los corvinos que no sé ni cómo se metieron en mi oído.

Cómo me fascina perder el tiempo:

dos menos diez, las tres, las diez bajo una lluvia empolvada de rosa y caramelo

nunca dormiremos en un hotel de mil estrellas, pero sigo con la fijación en lo escaso que nos separa.

La tumba, buenos burgueses estamos hechos, fuimos padres de niños preciosos,

en costados separados las cicatrices, tu ombligo desconectado de mi boca, lo terminal en clave

de pasión que llena un vacío creativo.

Qué aburrimiento que me gustes tanto.

INT. BEDROOM/MI CABEZA – DAY/NIEBLA

Me embarga la amarga sensación de que a una verdad facilona, terriblemente cómoda, quién sabe si cierta, se le han abierto las escotillas de este pútrido barco que no dejo de abordar. Todo sea por una de esas personas a las que sólo puedo etiquetar con un tierno adjetivo: “linda”.

Gente linda que no me cuesta encontrar.

Gente linda por la que tengo debilidad.

Gente linda, la quintaesencia de mi vida.

Gente linda que me vapulea con su belleza.

Gente linda, gente que me deprime.

Gente linda que siempre marca la diferencia sin querer.

Gente linda a la que he de volver una y otra vez.

Gente linda: toda definición carece de sentido

Gente linda: mi cielo particular, mi infierno fingido.

Gente linda con la cual no importa el valor de la razón.

El capitán de esta balsa de corcho innoble soy yo, que espero inevitablemente más de lo que puedo. Y no es una inundación fortuita lo que me hace naufragar, tanta es la abrasión que impregna las inconformes burbujas de este efluvio seco.

En cascada cae ella. Qué sé más que su nombre, su anécdota de partida, su transparencia de apertura (¿a qué me aferro más que a una pálida ilusión enchida de colores tan vitales como exangües?).

El empujón de la autoimagen, las ganas de sentirse mejor, por fin empiezo a ser por doquier…

por fin empiezo a crecer, a no tambalearme, cuánto más puedo impresionar, me digo,  a ese enano criminal que saboteaba empresas propias sin la menor compasión.

El zarpullido de la alterimagen que no sabe responder a lo más simple, pues temo preguntar, ya que donde una vez hubo de inferioridad complejo cicatrices hasta el desvelo de la eternidad quedan, no queda otra. ¡Pero si respondiera me avasallaría con fresco libertinaje o me condenaría a una angustia en dependencia abundante!

FADE TO BLACK

Vimos a una pareja de adolescentes besándose en la calle junto a una reja metálica que guardaba la entrada de una casa de magnas proporciones y magno porte. Esa no fue nuestra primera comunicación. De hecho, ni siquiera sé si la hubo en dicho instante; cabe la opción de que ella estuviera haciendo algo totalmente distinto mientras yo consolaba mis introvertidos ojos dándoles un paseo por las calles que transitábamos; quizás ella tenía su pensamiento fijo en mí sin que necesariamente existiese comunicación.

Le comenté a un amigo cercano que era imperioso, si quería conservar intacta mi impecable salud, conseguir una compañera de aventuras. La lentitud que supone permea toda relación amorosa con un mínimo de solidez conformaba un vacío tan enorme en el trajinar de mis días que, sin vergüenza alguna, repetía aquí y allá la siguiente frase: “necesito una mujer”. Sonaba a sentencia o a enunciado de mago mediocre. Cuando este buen compañero sufrió el padecimiento de volver a escuchar mi frustración por cuarta o quinta vez, me llevó a un rincón, me depositó en un banco y dijo en voz baja: “yo también necesito una mujer, aunque no sepa qué significa tenerla”.

Sin dudas había algo de religioso, de absolutamente incomprensible en el trabajo que me había propuesto un peatón desgarbado en un sueño de noche turbulenta. Se acercaba el verano y mi cama continuaba sola, mi alma partida a la mitad, y el hombre (que en lugar de sonreír expulsaba líquido verdoso por la boca) sopló las instrucciones. Las retuve en el cerebro como quien memoriza un eco en un idioma extranjero retumbar en un templo, es decir, como quien se interesa pero cree no entender.

Nos revolcamos en su cama y saboreamos las mieles creadoras de un placer tan nítido como el agua de lluvia. Sin anhelo previo, susurró: “me gustaría llamar a mi hija Magnolia”. Inmediatamente después, cerré los ojos y surgió ante mí el degustador de bichos, el vagabundo de los sueños. Comprendí que ella había cometido su error garrafal.

Una tarde compartida nos preguntamos qué había sucedido con la pareja que habíamos divisado aquel día en el autobús en plena demostración de pasión pública.

Fuimos a una orgía a buscarlos. De verdad: es que tenían cara de viciosos.

El asunto de la carnalidad social tenía su parte mala y su parte buena. La mala: la traducción de inexperiencia en desasosiego del novato, unida a la radical imposibilidad de ser los mejores. La buena: me fascinaba verla con otros hombres siendo consciente de que nadie, nadie, nadie, ninguno de ellos gozaría del privilegio de contemplarla mientras fumaba junto a su hombro en la cama. La realidad era mucho más grande que todos los sueños. Y tenía su causa: el hombre desgarbado había casado a los jóvenes amantes sobre la reja.

Ella no sólo se equivocaba casi siempre, sino que también constituía la plasmación de todos mis prejuicios en una única sustancia indivisa. Pero, por suerte, antes había habido comunicación y el aliento de los trenes de la burla que llevaban impreso su nombre se habían desligado del presente.

Un presentimiento basta para que una mujer haga de un hombre una semilla: yo sería el padre de Magnolia.

Ignorala. Salí corriendo. No te dejes perder. No te esfuerces.

¿Qué es la comunicación? En ese mundo personal tan partícipe de la perfección que jamás llegará a palparse por medio de ninguno de los cinco sentidos, la comunicación es la capacidad de ponerse en contacto con alguien a través de la mirada. Mejor dicho, una serie de miradas.

Además, la comunicación implica que esa serie de miradas proporcionen la llave de la penetración en la humanidad del otro sin que haga falta una puta palabra.

“And I feel like
Some bird of paradise
My bad fortune slipping away
And I feel the
Innocence of a child
Everybody’s got something good to say”

PJ HARVEY

Sé que suena cursi, sé que suena repetido, pero siempre que me encuentro al borde del llanto es gracias a o por culpa de una nostalgia que empieza a supurar en mi interior. Puede nacer de una canción —cantada con ese hermoso acento que funciona como una droga y que nunca llega tarde a ninguna cita—, así como también puede morir con un recuerdo que deja de ser borroso para convertirse en la realidad misma. Gozar de una buena memoria depende del tiempo, de la permanencia de ciertos instintos que en los primeros compases de la vida se sumergen en el más terrible olvido.

Jamás estuve “roto”. Aquellas veces en las que el mundo me sonreía y yo hacía todo lo posible por devolverle a los dioses una sonrisa teñida de amargura, no sentía acuchilladas atravesando mi piel: en realidad experimentaba lo que no se puede experimentar dentro de un cuerpo, es decir, no saber lo que está bien para mí, ni lo que estará bien para nosotros mañana. La duda viaja por círculos invisibles dentro de la mente, y cuando el ritmo de su desplazamiento se torna frenético sólo queda esa monstruosamente enorme abstracción, nada está bien, no hay fe que valga para desviarse de la prepotencia de esos impulsos.

Si cabe la conjetura, yo no soy víctima sino más bien victimario de mi mismo. Soy la elocuencia de un gen que falla, de una mutación que cada tanto anula las ganas de seguir respirando. Por todo eso aprovecho al máximo las horas de vigilia posando, calentando la piel para un encuentro conmigo mismo que nunca llegará o que se derrumbará mañana con la primera bofetada de cinismo.

Soy sagrado, luego mis nostalgias también lo son. La niñez idealizada, el cielo sin manchas, el niño de carcajadas infinitas, la cotorra que no paraba de hablar, la figura querida por sus amigos, la figura tímida pero apreciada, hasta el final, incondicionalmente. La estatua que por estatua jamás reflexiona sobre su naturaleza.

La explosión de tristeza requiere de dos ingredientes. El primero ya lo mencioné. El segundo, sin dudas, se refiere a una dosis de liviana soledad, entendida esta como el pesar del hombre que esta sólo ante sus miserias debido a que no las comprende y nadie lo ayuda a solucionar su problema. No sabe actuar. Indignado, lo confieso, no sé actuar.

Al final del trayecto lo seguro es volver hacia atrás. La conversación que promete pero nunca lleva a nada, el texto marchito por la falta de destreza, el acento que los años se reniegan a dejar en paz, el cariño de segundos atrasados. Quizás haya que volver a ellos hasta el cansancio. Lo dijo Nietzsche. Creo, y no temo decir la verdad, que si mañana abriera una oficina debajo de mi casa que expidiera pasaportes que permitieran viajar a esa tierra de eterna repetición, sería de los primeros en la cola. La razón: ya estoy harto de no llegar a ninguna parte —que no se lean metáforas aquí—excepto al indescifrable desconocimiento. Uno mismo.

Tengo derecho a decirlo: yo era un poeta. Hacía todo lo que uno debería hacer: inventarse versos, recrear su imaginación en lo cotidiano, refinar su expresión, unir dos palabras de forma inesperada —dos palabras inesperadamente juntas—, recitar octosílabos a su amante al tiempo que se abrocha el último botón del pantalón, brindar una cantinela romántica a su esposa, y andar por esta triste vida con el corazón fresco, siempre. Si la memoria no me falla, yo cumplía con cada uno de esos ritos y me enorgullecía de mi disciplina. No escribía para que los críticos me elevasen en sus altares personales o para que, una vez muerto y enterrado, me enseñaran en las escuelas; no, nada de eso. Debo reconocer que en un principio, cuando nadie me pedía una justificación de mi pasatiempo, no me paraba a pensar en los motivos que se ocultaban detrás de él; si acaso, y eran ocasiones muy puntuales, una declaración que nunca llegaría a destino o la ineludible cura de un amor no correspondido servían de acicate para agarrar el lápiz. El resto de mis poemas nacían de una necesidad más básica, aunque no por ello menos importante: llenar el tiempo de la mejor manera.

Hubo un momento, hubo una temporada, durante la cual dejé de sentir ese vacío que me empujaba a componer. Esa vuelta no ocurrió ni de la noche a la mañana ni tampoco requirió de un tortuoso proceso de madurez. Lo que vi describía círculos de la mañana a la noche y, contrariamente a toda lógica, me devolvía a los recovecos ya olvidados de mi infancia: me transformé en cantante.

Sin lugar a dudas, mi condición de hombre de letras facilitó esa metamorfosis. Todo lo que ocurrió tras pegar este salto sin paracaídas fue muy trascendente; tanto como para convertirme en narrador.

Una tarde de invierno, Julio vino a verme a mi apartamento del centro, ubicado sobre la calle Colonia esquina Avenida del Libertador. Mi mujer, que por aquel entonces preparaba un ensayo que más tarde aparecería en una densa antología de poetas uruguayos nacidos tras el regreso de la democracia allá por 1985, dejó pasar al invitado mostrando cierta irritación por su llegada. Había caído de sorpresa. A pesar de que Julio gozaba por nuestra parte de la mayor de las confianzas que pueda ofrecerse en este planeta, lo cierto es que enseguida noté en Claudia una sensación de vergüenza, un manifiesto rubor pudoroso. Nuestra morada estaba sumida en un caos épico. A Julio pareció no importarle, pero eso no lo pudo saber mi mujer: se hallaba nuevamente en su encierro, con su selva de citas bibliográficas aún por ser desmarañadas, seguramente fijando de cuando en cuando su vista en la ventana. Así la imaginaba. Así me gustaba imaginarla.

Llovía en la ciudad.

La tiene secuestrada el trabajo, le dije a Julio cuando quedamos a solas. Él tardó en responder, distraído por algo que bien podía ser el olor de los ambientes o el desorden.

Sí, será así, pero es por una buena causa, ¿no? ¿no va a escribir sobre vos?

Y sobre otros también, pero eso no importa.

Eché un vistazo a mi derecha, justo al lado opuesto en el que se había sentado Julio. Distinguí sus pisadas sobre la madera. Eran de un tono más oscuro que esta, tintadas por el agua.

No importa”. Desde que lo conocía, Julio se mostraba directo, hábil, astuto hasta un límite en el cual todos los demás, sus amigos, su familia, hasta su corredor de seguros, nos considerábamos idiotas. Él se nos adelantaba siempre, agarrándonos de las orejas si no había otra alternativa, actuando con desmesurada precisión.

No importa lo que digas, pero esta vez no te escapás: tenés que cantar en “El club” el viernes. Se cayó Benetti. Está enfermo, con anginas.

No pregunté nada, por lo que siguió hablando:

Todavía no es muy seguro, pero lo más probable es que te toque con la gallega. Bueno, con la “inglesita”. Amelia Nichols. Me habías dicho que tenías discos de ella.

Apenas abrí los labios para responder:

Sí. Me invitaste a verla el año pasado. Después, cuando terminó, te acompañé a visitarla a bastidores. Simpática, sensual, sensible. La recuerdo. Dos gotas de agua su voz y la de Janis Joplin. Pero yo no puedo cantar, Julito.

Repitió varias veces Julio que eso era lo de menos, que sabía que no lo iba a defraudar. Que un poeta siempre pensaba en los demás.

Pasaron pocos días hasta que, medio traído de los pelos, me adentré en El Club Amarillo, creo que un jueves, a eso de las seis de la tarde. Me llevó veinte minutos caminar las seis cuadras desde el edificio en el que vivía. Ningún autógrafo, ningún cuchicheo a mis espaldas: la gloria del poeta. Desde que había alcanzado una determinada edad marcada por la experiencia, me sentía a gusto deambulando por aquellas calles del centro de veredas rotas y colonizadas por palomas tan eternas como las chismosas apretadas entre los dedos de las jubiladas que se quedaban a mitad de camino viendo cómo cambiaba la luz del semáforo. La simbiosis entre aquel cuadro de costumbres y mi personalidad era indiscutible. Pensaba, vanamente, que la mitad de mis poemas, sino muchos más, frecuentaban ese Montevideo invalidado por el paso del tiempo. Un poeta, parecía verdad, siempre pensaba en los demás, pero únicamente por necesidad.

Amelia Nichols realizaba ejercicios de calentamiento cuando penetré en El Club Amarillo, el bar/pub que Julio había comprado hacía cuatro o cinco años. Organizaba veladas íntimas, con música en vivo interpretada por artistas de renombre que buscaban en aquel local, cada viernes y cada sábado, una atmósfera a medias entre lo bohemio y lo esnob.

¿Sabría la cantante que había habido antes allí? Yo recordaba una cafetería, enorme, con nombre de cuento de Hemingway; un comercio de muebles que ofrecía precios muy ventajosos pero que, he aquí la explicación, evadía el pago de impuestos; y, por último, más accesible en mi memoria, una librería a la que, por culpa de una inundación (los desagües se habían roto), no le había quedado más remedio que organizar una gigantesca liquidación de libros recordada, seguramente, por todos los bibliófilos de Montevideo y poblaciones aledañas. La semana que duró la venta significó para mí volver cada a día a casa con una caja llena de variopintos volúmenes humedecidos bien en la tapa o bien en la contratapa.

Los primeros minutos me mantuve a una prudente distancia de Amelia. Seguía con sus actividades de preparación, volaba como un pájaro de lo más versátil impulsada por sus tres octavas y media. Sus únicos espectadores: el pianista, que permanecía en un silencio imposible de doblegar, y yo. Impávida, la Janis Joplin “gallega-inglesita” continuó otros cinco minutos. Me miraba, ciertamente recordando que me había citado allí para conversar sobre nuestra hipotética actuación conjunta de la semana próxima.

Bajó de las tablas, pero en lugar de acercarse a donde yo me había acodado, se dirigió hacia la barra. Bebió de un vaso de agua.

¿Simón? Debes de ser tú. Vale. Perdona. No se me da bien recordar caras.

Dos besos. Uno plasmado en cada mejilla. Amelia, tras dos años de residencia en Uruguay, volvía con cada saludo a su Madrid natal.

Comenzamos a hablar en los términos más vagos, aquellos que se vuelven materia de charla sin ofender a ninguno de los interlocutores. Inocentes. Sí, de Madrid, de La Latina. Bueno, primero de paseo, con mi padre, él es de aquí. Paz, quizás, o algo distinto, no lo sé. Aterrizar en casa, sin haber estado nunca en casa. Mis padres viven en Londres, han vuelto este año.

Simpática, sensual y sensible, sí. Esa ocasión la supe aprovechar para conocerla más, claro está, y para elegir otros adjetivos que calzaran de buen modo con la imagen, con la segunda imagen que me estaba dando. Era tímida, más joven de lo que con casi toda seguridad indicaba su DNI y delicada. Delicada, no sensible.

No sé cómo, pero Amelia consiguió que me sintiera holgado con la situación. Si finalmente daba el sí y aceptaba la propuesta, sería la primera vez que cantase afuera de la ducha. Ella parecía darse cuenta y se comportaba conforme a ese conocimiento, aplacando mis nervios.

Esa misma noche fuimos a cenar.

Julio regresó a mi casa la tarde en que Amelia Nichols y yo mantuvimos el primer encuentro con vistas a imaginar, dibujar y colorear nuestro dueto. Claudia repasaba los dos últimos párrafos que había introducido en el procesador de textos cuando oyó el timbre sonar con un chirrido infame.

¿Quién es?

Soy yo, Claudia, Julio.

Imagino que luego de chocar con la tibia voz de Julio, que semejaba tan lamentablemente acostumbrado a las visitas intempestivas, ella volvió la vista hacia el horizonte abierto de la sala de estar para calcular la hora que marcaría su reloj si lo hubiera llevado sobre la muñeca en aquella instancia. El cielo despejado de la tarde, en el que se recortaban las siluetas de estructuras de materiales nobles y también innobles todas del siglo pasado, se fundía en la negrura. Horas después llovería mientras Claudia y yo hacíamos el amor.

Simón no está. Se fue hace un rato a “El club”. Pasá.

Me enteré de que estás muy ocupada. Con tu trabajo, que no te deja estar, diría Julio.

Son sólo unos meses. Ya me tocará descansar. Unas vacaciones que me merezco. Estamos los dos casi todo el día acá. A lo mejor viajamos lejos. Praga o Varsovia.

¿Tan lejos? ¿Por qué? Disculpá que me siente…

Claudia se mantendría en pie, de espaldas a la puerta, enfrente a Julio. Chuparía frío hasta en los huesos, aunque el día no fuera en absoluto invernal. Era todo lo que había, se diría, la realidad carente de milagros, y eso le sentaría peor que soñarse despellejada a fuego lento.

Ese amigo mío estiró una mano gorda y levemente velluda. Sólo pudo atrapar el dedo índice de la mano derecha de Claudia. Nada más que eso. No existirían ganas ni oportunidades de compartir sus alientos durante aquel ocaso, mucho menos sus jadeos, pero ella quedaría extraordinariamente impresionada al ver a Julio atravesar la puerta de la casa de su marido.

Amelia Nichols era un personaje fascinante. Adictivo, casi. Por suerte, a mi mujer no le surgía ningún tipo de duda respecto de mis encuentros con ella. Tampoco hacía falta que le dijera que nuestras reuniones se debían a los consabidos motivos de trabajo. No tenía por qué mentir. Tampoco había nada que ocultar, nada que yo reconociera y que mereciese ser acompañado de una mentira.

Frecuenté toda clase de restaurantes junto a ella. Me tomó más de una semana comprender por qué no le sorprendían mis elecciones: sencillamente, era la consecuencia de que tantos hombres la cortejaran. En dos años, haciendo gala de su condición de soltera había olvidado a incontables pretendientes aficionados a gastar alguna broma concerniente a su acento. La mujer a la que le costaba retener rostros.

Joder, la previsibilidad implica el final de la vida, significa la muerte. ¿Acaso no lo sabéis?

Obviamente, también había espacio para la música. Intentaba no deshacerme en elogios hacia su talento, pero no lo conseguía. Ella fingía ignorarme. Bebía un sorbo de agua, con el mismo gesto elegante de la primera tarde en El Club Amarillo, y me pedía que cantara. Entonces, esforzándome, entonaba en voz baja canciones de los Doors o de Billy Bragg.

Tu voz parece no transmitir nada, aunque invita a ser escuchada, ¿sabes?

¿Estás coqueteando conmigo?

¿Me habías dicho que estabas casado, no? ¿Eres feliz?

Nos separamos. Claudia se fue a vivir con su madre al barrio de la Aguada. Las semanas antes y después de la separación estuvieron imbuidas de tantos cambios que me resultaba un tanto engañoso pensar que todavía era el mismo de antaño.

Para empezar, Julio dejó de visitarme, más bien trató de evitarme a toda costa. Cuando di por acabada mi cuarta presentación en su bar, repugnado por su cobardía, la cobardía de mi patrón y antiguo amigo, decidí despedirme para siempre del lugar. La sensación de no-retorno me invadió ferozmente al tiempo que daba los primeros pasos con los que emprendí la retirada a mi cama de dos plazas en un séptimo piso de la calle Colonia. La ciudad, entre amarilla, por la luz de los faroles, y gris, por el silencio que se filtraba a través de las ramas de los árboles, dormía atareada. Un deseo guardaba en mi seno: dormir con toda esa gente, sin nombre, con todos esos prototipos de poemas de cuarta. Pura soledad.

Los tacones de Amelia resonaron en mis oídos, arrastrados por una brisa casi primaveral. Avanzaba muy rápido, sin gritar mi nombre. Alcanzó a ponerse delante de mí.

¿Es que no vas a volver, cariño? Esto no puede ser así, dímelo. Dime que no.

Sonaba, valga el tópico para referirse a un tópico mayor, como un personaje de telenovelas. Clavé la vista con aún más firmeza en el suelo. Me balanceaba en mi interior, me preguntaba por qué me había equivocado tantas veces. Su voz respiraba en una reminiscencia inconfundible del café, no del tabaco de Janis Joplin. Olía a gloria ella toda. Continué mirando la vereda rota.

¿No piensas volver a escribir? ¡Coño, ya eres mayorcito!

No voy a vegetar… no voy a…

No olvidaba, nunca olvidaba. Su beso supo a café, a menta, a té, a agua con hielo. Se trataba de un beso de reproche, la negación en redondo de mis aspavientos. Un rechazo. Una riña. Lo había dicho yo minutos antes: viviría como un anacoreta con mis libros hasta que cerrara la herida hendida por la ruptura. Sin más combustible que el de las letras de los otros.

Caminamos agarrados de la mano, primero sin dirección definida, luego hacia casa. Amelia me daba un poco de felicidad. Breve, buena felicidad. Acaso venía a ser la antítesis de Claudia, la Claudia que ahora me dolía: la inmadurez frente a la senectud, la artista frente a la estudiosa, la fiel frente a la adúltera. No pensaba entonces en aquellas cosas. Pensaba más de lo que debía pensar, pero se me escapaban los hechos.

Escalamos con urgencia los cerca de treinta metros que llevaban a mi apartamento. La falta de pausa en nuestro movimiento tenía una causa inmediata por demás simple: ella debía viajar al día siguiente a Barcelona para iniciar la grabación de su cuarto disco. Le deseé suerte al abandonar El Club Amarillo tal como si fuera un extraño. Recibí a modo de respuesta una mirada torva. Días antes me había propuesto que grabáramos un tema los dos juntos.

Busqué las llaves dentro del pantalón de mi esmoquin mientras ella se afanaba en grabar sus labios en mi cuello. Saqué lo que mis dedos encontraron y aparté suavemente a Amelia de mí. Abrí la puerta y ella se me adelantó.

Simón: se te ha inundado el piso.

Ahora resulta que tengo lado sociable. Resulta que antes no. Alguien me lo descubrió, una especie de cazatalentos que quiere hablar conmigo un día de estos. Me dejó su tarjeta. Su primer nombre empieza por B.

Ahora resulta que me voy de viaje, sólo ida, que es lo mismo que decir sin vuelta definida. Como destino elegí la tierra propia, que no prometida. Ayer, antes de buscar el sueño perdido en esta última semana, miré fotos del nuevo aeropuerto en internet. Al principio me costaba conciliar la modernidad con el solar que me parió. No recuerdo cuánto tardé en quedar encantado con los suelos plateados y las techumbres curvas. Una maravilla.

Ahora resulta que nuestras personalidades no encajan. Yo se lo dije desde un primer momento y no me hizo caso. Tanta hermosura se pierde debajo de las costillas, pensé para mis adentros mientras caminaba los primeros metros hacia la parada. Lo único injusto fue tratarla con condescendencia durante la hora que duró la conversación dentro de la Cafetería Antorcha. Vulgar hasta para los nombres.

Ahora resulta que, gracias al brote de mi sociabilidad, se me abren nuevas puertas, hasta la semana pasada desconocidas. El tipo de lentes negros parecía muy convencido respecto de mi personalidad. Frotó una lámpara y salí yo. Quién me lo iba a decir, tan hundido en la mierda como estaba.

Ahora resulta que los controles de seguridad en los aeropuertos europeos están siendo relajados. Lo viví en carne propia y después lo leí en un diario inglés, uno que compré en el kiosco más antiguo de la Terminal 4. Como consecuencia de las nuevas disposiciones, mi mente se sintió más libre ante el detector de metales. Aun cuando me encontraba del otro lado del umbral, parecía imposible deshacerme del espejismo que proyectaba desnuda a la funcionaria de seguridad.

Ahora resulta que pasamos más tiempo separados que juntos. Nada que no fuera posible prever desde el comienzo. Las fórmulas químicas no aconsejan la unión de dos cuerpos tan distantes, uno depositado en un archipiélago y el otro en una península, huso horario desfasado de por medio. Ojalá alguien la esté consolando.

Ahora resulta que mi nombre se maneja para un puesto bastante importante dentro del gobierno municipal. El más importante en realidad, pero temo pronunciarlo letra por letra. Lo rechacé de plano ante los ojos nunca vistos del tipo de lentes negros. Primero, yo no soy de izquierda. Segundo, esta ciudad la siento ajena.

Ahora resulta que el vuelo transatlántico ha dejado huellas de tortura en el pasajero que iba en el asiento 44J. Ese soy yo, son mis articulaciones las que crujen. Llovía cuando aterricé y para peor no encontraba en mi interior más ganas de moverme que las necesarias para tirarme a dormir. De camino al hotel -agradable hotel- divisé edificios de sesenta pisos. Esta vez paladeé la palabra “progreso” sin mucha precaución. Un antipático redomado el taxista.

Ahora resulta que ella me engañaba mientras yo me reservaba para los fines de semana lujuriosos en el sur. Más mierda, pero no me siento peor. Estoy en otro lugar, más alejado que nunca. Y no hay vacíos que llenar, no hay camas de dos plazas que se hagan grandes. A mí me quería de verdad. No volverá a llamar después de esta última confesión. Admito: no me la esperaba, por más insaciable que ella fuese.

Ahora resulta que mi debut en la televisión recibió críticas de todos los colores y alusiones a mi patético desconocimiento de la realidad actual. Más mordaz fue el estridente rumor de que estoy relacionado sentimentalmente con la hija del dueño del canal. ¡Pero sí es horrible! Nadie me ha dado un ultimátum por el momento. No tardará en llegar y entonces gozaré de la chance de sonreírle al tipo de lentes negros, el iluso con ademanes de iluminado que se creía con poderes de convertirme en un mito vernáculo.

Ahora resulta que la ciudad es de las más caras del mundo. No dejan de sorprenderme estos datos. Se duplicó el precio del metro cuadrado en la última década; se venden más helicópteros que autos usados; la construcción de cárceles es la mayor de todo el planeta y dentro de dos meses quedará inaugurada la primera planta procesadora de pestañas. Sí, pestañas.

Ahora resulta que ella tenía un monopolio sobre mi apetito sexual.

Ahora resulta que dentro de poco llegará una nueva propuesta, a modo de segunda oportunidad, para un programa con perfil más bajo que el anterior. No sé si aceptar. Ni siquiera estoy seguro de reunir las condiciones para hacer algo distinto a leer, escribir y escuchar canciones inglesas de la segunda mitad del siglo XX. Empecé a utilizar lentes negros para evitar ser reconocido, tal como hacía Bernardo Fontenla Quadras, el cazatalentos ubicuo que vaya a saber uno cómo ha sido capaz de seguir mis pasos.

Ahora resulta que la ciudad se queda vacía en verano. Todos sus habitantes abarrotan el aeropuerto ultramoderno para chutarse de kilómetros en la vena subclavia. Islas Cook. Shanghai. Islandia. La última palabra que crucé en la ciudad de mi infancia fue, otra vez, con una encargada de seguridad. No la vi desnuda. Hablamos amablemente. Tenía pinta de que su padre había sido barrendero.

Ahora resulta que estás embarazada, querida. ¡Amor mío, cuántos fracasos hube de perseguir antes de llegar aquí contigo, con tu barriguita enchida de esperanza! ¡Te lo perdono todo!

A María, por su libreta y sus bolígrafos.

Doy por seguro que estar solo no es una enfermedad; ¿cómo puede serlo cuando venimos al mundo sin compañía y cuando del mismo modo traspasamos las fronteras de la eternidad? ¿cómo podemos combatir algo tan obvio como la vida y la muerte, el alzamiento de mamá y el pliegue de párpados por parte del hijo?

Una entrevista que hace muchísimo tiempo me tocó realizar en mi antiguo programa de los sábados a la madrugada, Una página de diario, responde de una manera, y sólo de esa manera, a las cuestiones que el acertijo de la soledad encierra, preguntas que al menos una vez me han comido los sesos sin piedad. Las mismas que se interponen entre un techo blanco con sombras y tus ojos cuando ya estás cerca de caer dormido. Esas y no otras.

Se llamaba Sofía. Afinidad por la escritura y sensibilidad coincidieron durante su adolescencia para que Sofía iniciase la composición de un diario personal que, al momento de la emisión de nuestro programa que la tuvo por protagonista, llevaba la friolera de 27 años de confesiones inmortalizadas. 9790 días, toda una vida (muy interesante, por cierto).

Jamás me topé con la dicha de verla en persona. La idealizaba rutilante, simpática, querendona y refinada. Ya por aquel entonces yo intentaba encontrar una nueva ocupación que sirviera de sustituta a Una página de diario, próxima a desaparecer del dial y a ahogarse en la orilla de los navegantes artísticos extraviados. Abriéndose paso entre la efervescencia de la infructuosa búsqueda de otro quehacer, el único saludo que supimos cruzar volvería a mi mente varias noches consecutivas más tarde, insistente; por el contrario, las historias diferentes a la suya logragaban sosegarme.

En el transcurso de su juventud había tenido que enfrentarse a incontables mudanzas, a pesar de las cuales el trasiego de bienes personales de aquí para allá debió aguantarse las ganas de tragar su voluminoso diario.  Así fue cómo lo contó a la exigua audiencia que Radio Barcelona registraba en noches largas como aquella, lobos esteparios con radiorreceptores bajo una capa de grasa bajo una capa de pelo. Ella era la dueña de las ondas, la ninfa océanide dominante; al margen de la planificación que indicaba la necesidad de una pausa o la pertinencia de una determinada pregunta, los churros regalados por su padre para calmarla de una pesadilla, las desgastadas botas de su camino de Santiago, la crin cobriza de su caballo recién finado y, ya sobre el final, la jocosa anécdota que la situaba en una discusión entre miembros de una secta, no me dejaban otra opción que asentir, asentir de verdad aunque no quisiera.

Sofía se quedó con una sílaba partida al medio en el interior de su boca cuando le pedí por favor que concluyera. No carraspeó una sola vez antes de leer su página, primero con voz de sirena y luego con voz maquinal, desde el principio hasta el patético final.

Colgó el teléfono sin darme tiempo a hacerle esa pregunta, pero resulta evidente que para la muchachita de quince o dieciséis años que había sido la soledad era un motivo lúgubre. Posteriores exámenes de la misma hipótesis de la soledad como enfermedad me han confirmado la práctica unanimidad con respecto a tal postulado. La fuerza de este consenso -tan expuesto, por poner sólo un ejemplo, en la publicidad- no me impide disentir y romper con él. En aquella monstruosidad que casi todos ven en la soledad, yo veo la fuente misma de la vida y, por lo tanto, de los placeres. Las líneas garrapateadas por Sofía describen un sentimiento capaz de hacer inclinar la balanza hacia el otro lado, también capaz de transformar este principio de reflexión en mera flexión. Por más bella que me parezca, y aunque imagine su narración con voz quebrada, no consigue doblegarme:

“Tengo un solo deseo y te lo pienso contar. Pero no me rehúso a hacerlo porque se trate de un secreto. Más bien, creo que los rumores ya vuelan demasiado alto como para tirarles un misil y derribarlos. Sería inútil. tan inútil como darse un baño de felicidad con agua turbia.

Ojalá dejaran de gritar. Que hable todo el mundo significa que se quede sordo todo el mundo. Ya ves, me distraen. Me hacen divagar. Y yo quiero hablar de otra cosa.

Sí, somos amigas. Siempre creí en eso. También en los cuentos, en las fábulas, que para cualquier persona medio despierta no hacen más que distorsionar. Parece como si yo estuviera medio dormida, porque para mí las fábulas y los cuentos no hacen más que aclarar, coquetear con la luz.

Lo que quiero desvelar es, como todo buen deseo, una carencia. Una tan fácil de satisfacer que me resulta ridícula. Eso que me falta es… un temblor. Ya sé que no se entiende. Te explico: me falta esa revelación, ese “crack”. Quiero, no sé si lo digo bien, sentirme propietaria de un hombre. Que un hombre, o un mocoso, me da igual, tiemble delante de mí. Gustarle tanto o tan poco que no consiga acertar en las palabras más simples, que no pueda controlar sus piernas, que se tenga que ir con prisa a otra parte por timidez. Y, que después de eso, antes de irme a dormir pueda pensar en los acontecimientos del día y decir: se muere por mí.

Esa es la verdad pura. Mi tristeza”.

La dureza de las cosas duerme con nosotros.

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